Sabado 31 de octubre. A setas con los que saben.
A la hora de estudiar la fauna de los seteros hay, digamos, cuatro niveles: están los "malos", gente que va con cestito, niños y perro a pasar el dia, y si de paso cae un níscalo, pues bienvenido. Luego están los "malillos", turistas con poco conocimiento del terreno y unos cuantos libros leídos que dan vueltas por el monte esperando que las setas aparezcan por aquí y por allá. Cuando encuentran una la clasifican, la fotografían y la admiran mucho. Luego están los "buenos", gente que va todas las semanas a los mismos sitios y se sabe cuándo y dónde es probable que haya setas y de qué clase. Y por último, están los "muy buenos", gente de los pueblos de alrededor que está todo el dia en el monte, bien sea por el ganado, por la caza o por lo que sea, y se conocen el bosque como si fuera su patio trasero, porque en realidad lo es. Estos no suelen tener demasiado interés por el nombre científico de una seta, simplemente la cogen, la echan al cesto y ya está, como quien coge racimos de uva en la vendimia. El objetivo no es otro que llenar el cesto, así que tampoco dan muchas vueltas, saben dónde y cuándo habrá, y no pierden mucho tiempo con el paisaje, ni con la poesía.
He pasado el fin de semana por la tierra, es decir, por La Rioja. La misma falta de lluvia tenían por allí que por Madrid, pero no es lo mismo: aquello está más al norte, hay más sitio libre para pisar y la sierra no recibe las mismas manadas de gente que aquí, así que en general se suele dar algo mejor. El sábado me subí a los montes riojanos con pocas esperanzas: el suelo más seco que una suela de zapato, varios autobuses de turistas con palo y cestito y el monte "peinado" entre semana por los prejubilados de la industria riojana, que abusan de su tiempo libre para sacar ventaja. En estas condiciones hay que se
r de los muy buenos para traer algo que merezca la pena, y yo lo tengo asumido, soy de los malillos.
Así iba por las pistas forestales mirando el paisaje cuando de pronto veo, sentado en una piedra, a mi vecino y amigo Homero. Me paré, le saludé y entré al robledal a buscar a su compañero Felix, que andaba encelado con los níscalos, pocos y pequeños, pero suficientes para ir pasando el rato. También había encontrado una "seta especial": una torcaz recién abatida por los palomeros, esta irá a la cazuela para acompañar a las setas.
Homero y Felix son dos de los buenos, así que me quedé con ellos para aprender algo. Al cabo de un rato se nos juntó Carmelo, este es del pueblo de al lado y es de los muy buenos, así que me dije "el día está mejorando, aquí sí que voy a aprender", así que me uní al grupo y nos fuimos todos a buscar Boletus, quién me lo iba a decir con la poca perspectiva que traía. Varios kilómetros por las pistas de tierra y coches aparcados por todos sitios, y no solo todoterrenos, también Mercedes, parece que a los dueños se los regalen, con lo poco que les duele meterlos por los baches. Llegada final al sitio y hacemos dos grupos, unos monte abajo hasta el río, Carmelo y yo monte arriba, me he pegado a la rueda buena.
El suelo del bosque lleno de matas de arándano (que aquí llaman "anavias"), y la pinaza está muy seca. Me explica Carmelo que hay que buscar los "venajos", pequeñas afloraciones de agua que se encharcan, es el único sitio donde la humedad es bastante como para criar una seta. ¿Y dónde están los famosos venajos? Sí, hombre, a tí te lo van a decir. Al cuarto de hora de andar llegamos al primer venajo, y claro, era
cierto: en los márgenes húmedos van apareciendo preciosos Edulis, recién brotados y frescos, son un espectáculo. El a cogerlos y yo a fotografiarlos, cada uno a su interés. Tras repasar varios venajos podemos volver al coche, han caído algo así como una docena de estupendos hongos, eso para mí sería una cesta memorable, para él un día solo discreto, ha habido dias este mismo año en que han tenido que subir varias veces seguidas hasta llenar el congelador.
Llegada al coche y reparto equitativo, los del río no han encontrado nada pero se llevan algo, nos despedimos y yo me voy más contento que nada, con mi cestico, mis fotos y mi lección aprendida.
Al dia siguiente andaba aburrido por casa haciendo tiempo para salir para Madrid, pero cuando dan las diez el monte me tira, me monto en el coche y me vuelvo a subir a echar un par de horitas, sigue sin llover y todo estará aún más pisado que ayer, pero quién sabe… Y contra todo pronóstico hago una cesta muy maja, dos grandes Edulis, unos níscalos muy sanos y unas rúsulas comestibles para completar, hay que ver lo que estoy mejorando, ¿estaré saliendo de la categoría de malillo?
Para ver las fotos, click en la primera, saludos a los riojanos…

de distancia. Las arranqué y me vestí de nuevo, hala a recoger a Rafa. De comida aún me quedaban en la mochila cinco de las seis barritas Isostar de choco coco que compré en los 101, lo que me hizo recordar también que no pude ni tragar una. Entre nosotros, son mucho mejores las de Hero.
la cola de agua, donde hicimos fotos.
tres, y entonces como siempre me cegó la codicia y me metí por el pinar, me tuvieron que sacar de allí. A partir de entonces el descenso con un ojo en los baches y el otro en los terraplenes, Nico tenía el ojo bien pillado y encontró otros dos o tres grupos de ellos, recién brotados y con un aspecto estupendo.
Empezamos a subir por las carreterillas del canal, nos dio la impresión de que este año los olivos están menos cargados, y las aceitunas son pequeñitas. Breve parada en el acantilado donde entrenan los escaladores extremos, no había ninguno, pero se veía mucho paisaje, todo marrón y verde pálido y a lo lejos nieve en las montañas, es decir, puro invierno. Se iba a gusto con esa temperatura, la última vez que estuvimos por aquí teníamos varios grados bajo cero. Pasamos Alpedrete, pueblo perdido en medio de las serranías, la gente pasa el invierno con buena provisión de leña y de conversación, siempre me recuerda la web 


l puerto de Malagón, y allí se nos vino todo el aire encima, qué desapacible. Me fijé por primera vez en un cartel cultural que hay por allí, y ví que lo que creíamos una humilde cuadra es en realidad lo que queda de un antiguo pozo de nieve de hace más de 400 años. Esperanza debería reconstruirlo para visitar, el que han arreglado junto al Cabeza de la Parra es curiosísimo.


de piornos, hacen un paisaje como de cojines acolchados, pero no se te ocurra tumbarte, están llenos de espinas. Yo hice la prueba de ponerles encima una piedra plana y sentarme, soportaban mi peso perfectamente. Más pruebas de caminos y al fin empezamos a bajar hacia el valle, con el miedo de llegar a un camino sin salida y tener que volver a remontar. Los caminos a menudo se convertían en simples canchales de fuerte pendiente, pero hay que ver la seguridad que da llevar la horquilla recién regulada en el taller: en La Pedriza me tiraba al suelo un simple camino con piedras, aquí pasaba por los derrumbes de piedrones tan seguro. Hubo que echar pie a tierra varias veces, y en uno de esos tramos de piedra suelta mis zapatillas se rindieron sonrientes, como las de Charlot, ni me había dado cuenta de que ya no me quedaba suela.
que decidimos pasar ya del deporte, que de forma estamos sobraos, y dedicar el dia a lo micológico. Encontramos unas bolsas de plástico y nos bajamos por los pinares a investigar. En un bonito prado entre pinos fuimos encontrando hasta seis grandes edulis, y un enorme Boletus Pinícola de más de un kg., qué abundancia, era como la cueva de Aladino, yo nunca había visto cosa igual. Los buenos hongos son raros, y siempre hay un jubilado más vivo o más desocupado que tú que se lo lleva en cuanto asoma, así que todos estos debían haber salido en un par de noches.
