Domingo, 30 de noviembre. Los viejos rockeros.
Primero decir que el truco del artículo pasado no ha funcionado, las visitas se han mantenido dentro de lo normal. Supongo que cuando la gente mete en el buscador "nude boys" tiene por delante como 25.000 páginas explícitas, así que nosotros mantendremos la clientela betetera y setera, y dejaremos la gente escabrosa para otros. Este sábado no hubo salida micológica, demasiada nieve y demasiado frío, o eso creía yo, luego se vió que no. En cuanto al domingo ciclista, como ya hemos dicho nos habíamos propuesto limitarnos un poco en lejanía de los desplazamientos, primero, porque no está la crisis para muchos dispendios gasolineros, y segundo, porque en casa tenemos una época de tolerancia a las ausencias dominicales duramente trabajada, pero tampoco hay que abusar, o no durará. Así pues, en el plan de hacer tres rutas cercanas y una lejana cada mes, esta vez tocó la segunda, y quedamos en El Pontón de la Oliva, por allí por Torrelaguna, a más de 100 kms de Madrid.
El sábado me encontré al Jose Vecino por la calle, y me dijo que no le olvidáramos, que en cuanto se cure su rodilla se apunta de nuevo. En cambio tuvimos a Ignacio, que aunque empezó la temporada perezoso sigue apuntándose a las rutas, y conserva la forma. Entre unos y otros volvimos a juntar al grupo original, salvo el pipiolo de Diego. No debería decir estas cosas, pero entre los cuatro sumamos con seguridad más de 200 años. Se esperaba frío y nieve, y el astro cumplió las expectativas, todo el camino rozando los 0 grados, por arriba o por abajo.
Aparcamos frente a la vieja granja que hay en la subida a la cueva del Reguerillo, está muy solitaria, a mitad de camino entre Torrelaguna y Atazar, pero está habitada, andaban por allí una señora mayor, su nietilla y sus dos perros viejos dando una vuelta mañanera pese al frío, las dos iban con pantuflas y la bata de guatiné, qué bárbaro, y solo eran las 8,30 de la mañana. Bajada al Pontón, esa presa de piedra sillar que forma parte del complejo de grandes tubos, tomas, depósitos y demás que cogen toda el agua de aquella sierra y se la llevan para Madrid, lo construyeron todo hace varios siglos. Lo que queda para el Jarama es bien poquito, seguramente antes de esto todos estos barrancos tenían arroyos, y el río era bien grande y claro.
Empezamos a subir por las carreterillas del canal, nos dio la impresión de que este año los olivos están menos cargados, y las aceitunas son pequeñitas. Breve parada en el acantilado donde entrenan los escaladores extremos, no había ninguno, pero se veía mucho paisaje, todo marrón y verde pálido y a lo lejos nieve en las montañas, es decir, puro invierno. Se iba a gusto con esa temperatura, la última vez que estuvimos por aquí teníamos varios grados bajo cero. Pasamos Alpedrete, pueblo perdido en medio de las serranías, la gente pasa el invierno con buena provisión de leña y de conversación, siempre me recuerda la web http://www.elpuebloenelquenuncapasanada.com/, visítala, es genial. En la plaza, unos ciclistas bajando las bicis del coche, así ya se puede, quedando a las 10 de la mañana. Ahora que lo pienso, junto a la abuela y la nieta y tres seteros, esas fueron todas las personas que vimos en los 40 kms de ruta, la Sierra Pobre es lo que tiene, mucho espacio y mucha soledad.
En los primeros kilómetros Ignacio nos iba amenizando con sus recuerdos del Bachillerato, que si las tetrástrofas monorimas, que si los endecasílabos y el mester de clerecía. Todo muy ameno, pero a mí me sonaba todo como entre nebulosas, alguna vez me lo debí aprender y ya lo olvidé, mi retentiva no llega a la centésima de la suya.
Entramos en los pinares y vamos mirando de reojo por allí, aquí pinaza, ahí manchas de nieve, ahí un disquito naranja con dibujos concéntricos, vaya, ya empezamos con los níscalos, habíamos hecho propósito de la enmienda, pero es que nos salen al encuentro. Nico no deja pasar la oportunidad, dice que cuando llega a casa con setas le hacen fiestas, así que nos vamos bajando cada vez que vemos alguno, y en un rato cogemos los suficientes para un buen revuelto. Esto de bajar y subir, acelerar y frenar es agotador, al final alcanzamos a los otros dos, que son menos aficionados o más deportistas, y ya echaban pestes de nosotros. Enfilamos la subida de Mataespesa pero pronto empieza la nieve, al principio esa nieve de bolitas que parece corcho blanco desmenuzado, al cabo de un rato, manta gruesa y blanca, pero con agarre y buena para ciclar. Faltando un par de kilómetros para la cumbre nos tuvimos que parar a comer, y decidimos dar la vuelta. Yo llevaba membrillo de la cosecha de este año, pero ya no lo hago yo, regalo por ahí los membrillos a todo el mundo, y a cambio me devuelven material ya hecho. Este era de los mejores que he probado, bien cuajado, fino y de color clarito. Nos hicimos la foto con el reglamentario chubasquero negro, parecemos los Beatles, pero unos lustros después.
Contra la opinión de Nico que quería seguir peleando, nos damos la vuelta y empezamos la bajada a buena velocidad, demasiada para el estado del suelo, ir rápido por la nieve es divertido y emocionante, pero tiene su riesgo. En la bajada por los pinares todo igual que siempre, el mismo tronco caído sobre el camino, el mismo derrumbe de pizarras, la misma pasarela oscilante, aquí el tiempo no pasa. El camino por el valle del Jarama con sus alisos, sus vacas y su barrillo negro que te deja el uniforme y la cara punteados como sarampión. El último tramo hasta los coches no por la carretera, sino por la senda rocosa esa que debieron hacer hace siglos a golpe de pico, estos caminos antiguos, como el de grandes lajas que sube a Tortuero, dan respeto.
Aunque no se completó la ruta salieron 40 kms y 1.200 de subida, a tan buen ritmo que a las 12,30 hs estábamos en los coches, es lo que tienen los viejos rockeros, que son diésel, pero muy fiables…



l puerto de Malagón, y allí se nos vino todo el aire encima, qué desapacible. Me fijé por primera vez en un cartel cultural que hay por allí, y ví que lo que creíamos una humilde cuadra es en realidad lo que queda de un antiguo pozo de nieve de hace más de 400 años. Esperanza debería reconstruirlo para visitar, el que han arreglado junto al Cabeza de la Parra es curiosísimo.



de piornos, hacen un paisaje como de cojines acolchados, pero no se te ocurra tumbarte, están llenos de espinas. Yo hice la prueba de ponerles encima una piedra plana y sentarme, soportaban mi peso perfectamente. Más pruebas de caminos y al fin empezamos a bajar hacia el valle, con el miedo de llegar a un camino sin salida y tener que volver a remontar. Los caminos a menudo se convertían en simples canchales de fuerte pendiente, pero hay que ver la seguridad que da llevar la horquilla recién regulada en el taller: en La Pedriza me tiraba al suelo un simple camino con piedras, aquí pasaba por los derrumbes de piedrones tan seguro. Hubo que echar pie a tierra varias veces, y en uno de esos tramos de piedra suelta mis zapatillas se rindieron sonrientes, como las de Charlot, ni me había dado cuenta de que ya no me quedaba suela.
que decidimos pasar ya del deporte, que de forma estamos sobraos, y dedicar el dia a lo micológico. Encontramos unas bolsas de plástico y nos bajamos por los pinares a investigar. En un bonito prado entre pinos fuimos encontrando hasta seis grandes edulis, y un enorme Boletus Pinícola de más de un kg., qué abundancia, era como la cueva de Aladino, yo nunca había visto cosa igual. Los buenos hongos son raros, y siempre hay un jubilado más vivo o más desocupado que tú que se lo lleva en cuanto asoma, así que todos estos debían haber salido en un par de noches.
chazo inesperado. Subida al puerto del Reventón en una senda interminable, malísima de firme y con muchas curvas a derecha e izquierda, difícil para las piernas y para el equilibrio. A media subida pasamos a un chaval muy alto que iba entregado, ya empujando, y arriba del todo encontramos a sus compañeros, que estaban ya preocupados. Nos dijeron que pensaban seguir por la cuerda hasta Malagosto y bajar luego, según Ignacio ese es un trayecto horrible, de empujar y sufrir. Pero bueno, no les pudimos convencer, y cuando llegó el que les faltaba se fueron a encontrarse con su destino, momento que refleja la foto. No hemos leído hoy nada en el periódico, quizá al final no se los comieron los buitres.


