Los simpáticos perros de BraojosO cómo pegarse diez kilómetros y 150 metros de ascensión más de lo debido, por despiste o por ganas de correr. Para este domingo quedamos en el pueblo de Braojos en plena sierra norte, junto a la A1. Por un lado venìan Nico y Diego, y por otro desde la zona oeste Rafa, Miguel Angel y yo mismo, metidos en mi coche transformado en furgoneta, hay que ahorrar combustible y charlar por el camino. Nosotros teníamos esta vez hora de vuelta marcada a hierro, las 13,30, Diego y Nico venían en cambio sin vuelta fija, así que para conciliar posturas y huir de estos calores insoportables quedamos excepcionalmente temprano, a las 8 horas. Si quieres moverte tranquilo y con lo lejos que nos cae Braojos eso implica levantarse a las 5,45, lo que para un domingo es de gilipollas, o de panaderos. Nosotros no somos panaderos, somos deportistas, gilipollas pero deportistas.

Salida en Braojos delante de la iglesia, bajar las bicis y recibir el saludo de todos los perros, ya hemos dicho varias veces que en Braojos hay muchos, y que desaparecido el perro decano del pueblo que nos mordía los tobillos todos los demás tienen buen rollo y nos vienen a saludar. Yo tengo la bici en revisión, con las polvaredas de estas últimas rutas las junturas suenan como la cama de un vejete vicioso, ya estaba harto de la música. Me traje pues la bici rígida de mi hijo, siempre me da buenas impresiones volver a subir puertos en una bici sin suspensión trasera, parece que el esfuerzo rinda más, pese a que la tiene en un estado de mantenimiento lamentable.

Bajada hasta el túnel bajo la vía del tren (que luego adquirirá un protagonismo inesperado), y en una pedalada mi cámara se escapa de la funda y se va rodando hasta la cuneta. No he dicho que traía la cámara Fuji, la del gran zoom, la Canon antichoque estaba en el trabajo. Desde ese momento las fotos se hacen borrosas y distorsionadas, como si la cámara hubiera tomado LSD, la óptica espectacular ha vuelto a jorobarse, y van dos veces en seis meses. Me lleno de besos de nuevo por tener esta cámara protegida por la garantía especial de Media Market, que buena idea fué, he amortizado más que sobradamente los 29€ que costó. Así pues, no hagáis hoy click sobre la foto, no hay album.

Empezamos a subir montaña, y empieza la bici de mi hijo a darme problemas, el cambio trasero está como torcido y hace siglos que no ve el aceite, la juventud es vaga y no cuida las cosas, eso decía mi abuelo y qué razón tenía. No obstante sigo para adelante, quitando algunos chasquidos del cambio la cosa funciona más o menos y yo sigo mi recuperación y me encuentro como en los buenos tiempos. Llegamos a la zona alta de la montaña pero no paramos a comer, sabemos que la hora está apretada y la distancia que logremos dependerá de la dedicación que le pongamos. Por esta parte los pinos están  bajos y retorcidos , algunos incluso con las ramas bajas apoyando todo el arbol en el suelo, esta es zona de grandes nevadas y solo aguantan los que se apoyan bien. Llegamos a Peña Quemada, un balcón desde donde ya se ven al otro lado las amarillas llanuras segovianas, pero aún seguimos sin parar hasta lo alto del puerto, ahí comeremos y tomaremos las decisiones.

Yo me he traído mi segundo tentempié favorito (después de las uvas blancas), melón fresco cortado a dados. Hago una ronda de cortesía y casi todo el mundo mete la mano, unos más que otros, y yo devoro el resto con avaricia, empieza a apretar el calor y el melón está de miedo, frío y dulce. De hecho, estoy teniendo tanta suerte últimamente con los melones que elijo que creo que me voy a atrever a escribir un artículo en la sección "Dame un Consejo" pontificando sobre cómo escoger un buen melón, ciencia complicada y uno de los saberes más útiles de esta vida. Abrimos debate sobre si darnos ya la vuelta o atrevernos a bajar a Segovia y subir luego el Puerto de Linera, son las once y el tema está apretado. En un cálculo muy exigente pensamos que serán tres cuartos de hora: 10´para bajar, 15´de llaneo y 20´para subir el puerto. Rafa nos esperará tumbado bajo un pino, pero ya le anticipa a Miguel Angel que ese es un cálculo tipo Nico, y que tardaremos dos horas. 

Acicateados por el escepticismo del muy vago nos tiramos monte abajo y vamos a bloque, daremos la vida si es preciso para callarle la boca, los hitos van cayendo y vamos ganando minutos sobre el cálculo, de modo que nos volvemos a plantar en Peña Quemada tres minutos antes del cálculo más optimista, una machada. Esto demuestra que lo de tardar más o menos es cuestión de motivación, de ir en un grupo con un nivel de entrenamiento más o menos parejo y de tener suerte con las averías, claro. Despertamos a Rafa que bajo su pino ya empezaba a cerrar los ojillos, y nos echamos de nuevo para abajo por la vertiente madrileña, Braojos está casi a la vista y a mucho tardar estaremos en los coches a las 12,15, perfecto para cumplir con la familia. Tomamos por un ramal entre los pinos que exploramos Nico y yo en una ocasión anterior y bajamos a todo meter por una senda llena de pinaza, piñas y tronquitos de pino, emoción añadida, hasta el precioso cartel hecho a gubia por un buen carpintero, me parece milagroso que ningún excursionista desaprensivo se lo Mapa de rutahaya llevado aún.

Como digo era un camino desconocido para casi todos, lo que debía haber empujado a la gente a la prudencia, pero ya Rafa se había largado cuesta abajo y ni el polvo se veía, y había arrastrado a Miguel Angel con él, así que naturalmente llegaron a la desviación y se la pasaron. El camino sale a la izquierda un kilómetro más allá, te metes en un reseco bosquecillo de cipreses, bajas al molino, cruzas el mismo río que dejaste a la izquierda en la subida, y ya entras a Braojos, total diez minutos. Pero a partir de ese punto la pista principal se aleja más y más de nuestro destino y entra en los pueblos del valle, Villavieja, La Serna y qué se yo cuántos más. Diego Nico y yo llegamos al buen desvío y allí estuvimos pensando si dejar a los rapidillos a su suerte, bajarnos a la buena ruta y quedarnos en los coches a esperar tranquilamente, pero la final se impuso el compañerismo y nos fuimos detrás de ellos, todos al mismo tonto destino. Llamamos a Rafa por el móvil y ya estaba 5 kms más abajo, en la via del tren, así que nos fuimos detrás, alcanzamos a Miguel Angel y todos hasta la antigua y derruida estación donde por supuesto ya no estaba Rafa, seguía a su bola arrastrándonos a todos. Hubo que hacer el sioux un poco para ver por sus huellas que había tomado por las vìas del tren, le llamamos otra vez y nos dijo que estaba dentro de un túnel muy largo y muy oscuro, pero que ya al final veía la luz. Supusimos que se refería a la ruta y no a la situación político-económica, pero no quisimos entrar en túneles estrechos con peligro de ser arrollados por el tren, así que maldiciendo tiramos por la carretera que sube y baja por todos esos pueblos y ya con toda la calorina nos metimos diez kilómetros de regalo por los valles resecos, como un 25% de ruta de propina. Ahí en el plano, gentilmente suministrado por Miguel Angel, se aprecia la magnitud de la cagada, en vez de unir las rutas por donde subida y bajada se aproximan nos hacemos el inmenso bucle de debajo, en fin, el que quería duro entrenamiento lo tuvo.

Total, 53 kms y 1.200 de subida, menos mal que empezamos muy tempranito y el sol no llegó a castigarnos, Miguel Angel llegó a tiempo de ducharse y hacer su comida familiar así que la sangre no llegó al río, pero esta nos quedará como una rafada de las buenas, estupenda para contar a los nietos…