En la alta montañaCon este invierno tan frío que hemos tenido aún quedan manchitas de nieve en el monte, así que nos habíamos propuesto para el domingo un desafío personal, el llegar a pisar nieve en pleno julio, aunque la mancha no diera más que para rodearnos los zapatos. Para ello nos planteamos la ruta de Lozoya Pueblo-El Nevero, con idea de alcanzar uno de los pegotes de nieve que aún se veían en lo más alto, se trataba de hacer fotos de las de guardar. El desafío era complicado, porque aunque hacemos frecuentemente este destino en esta época del año (en esas cumbres peladas corre siempre una brisa fresca que te hace soportar el calor), esta vez no salíamos de Navafría, sino de Lozoya, lo que le sumó kilómetros a la ruta y al final nos hizo darnos la vuelta justo antes de los últimos repechones. Otro año será, si vuelve a nevar como éste.

Salimos Nico y yo juntos desde Diversia (la próxima vez me toca a mí poner el coche), y quedamos en destino con Javier, su sobrino, triatleta e Inefo en potencia que ya nos ha acompañado otras veces subiendo mucho el nivel del día. Llegamos con la hora justita, porque aquello está lejos, pero entre que Javier no se conocía el sitio, y que tenía que pasar el puerto de Navacerrada con su tartana histórica, nos llegó con casi tres cuarto de hora de retraso, y ya no los pudimos recuperar pese a la buena marcha de la ruta.

Mientras le esperábamos nos dimos una vuelta por la zona de pajares y cuadras de Lozoya, milagrosamente conservada gracias a la crisis del sector inmobiliario, porque todas tienen su cartel anunciando que pronto serán chalets adosados. Hicimos tiempo mirando la gran cantidad de golondrinas, aviones y vencejos que andan por aquella zona, tienen sitio para criar y muchos insectos. Yo creía que eran todos de la misma familia, pero veo que no, los dos primeros son hirundínidos, y el tercero apódido, vamos, que no se puede posar porque tiene las patillas demasiado cortas (como Ale las tiene demasiado largas). Estuvimos un rato delante de la puerta de una cuadra donde entraba una pareja de golondrinas a ver su nido, nos estuvieron gritando y haciendo pasadas, perdón por la molestia y el pasatiempo antiePicado contra los invasorescológico, pero es que estábamos aburridos. Ahí en la foto se ve a una iniciando el picado.

Llegó finalmente Javier, montamos su bici y ya salimos a todo meter para el monte, yo iba bastante asustadete después del bluff del domingo pasado, pero aguanté toda la ruta al ritmo de los entrenados, una prueba de que aquello fué un desliz. Atravesamos el pueblo y para arriba, por los caminos del robledal muchos metros de ascensión pero con buena charla, tío y sobrino recuperaron el tiempo perdido intercambiándose novedades de la familia, yo un metro detrás sin abrir el pico, guardando el resuello para gastarlo con las piernas, no con la lengua. Javier nos contó su triatlón de Austria, nosotros a él nuestros 101, todos semos muy deportistas.

Llegada al empalme con la ruta de San Mamés y subida hasta La Horizontal, allí llegaba en algunos momentos a hacer frío, está muy húmedo y muy alto. Me encontré con unos amigos a los que siempre veo en el veraneo de La Franca, Luis y Rosalía, qué pequeño es el monte. Son seteros de pro y miembros fundadores de la Micológica, así que pegamos la hebra, les contamos lo de nuestros boletus y ellos nos dijeron que justo se habían terminado ya los Cantarellus, es una seta que nunca he recogido. Así charlando se pasaron otros diez minutos y ya vimos que no llegábamos a culminar ruta, nos despedimos a la carrera. Parada para comer en el mirador y Javier sacó otra novedad gastronómica, un pan de pita relleno de membrillo, merienda hipercalórica que él se puede permitir. Seguimos por allí y al poco llegamos al refugio de Navafría, ese que en invierno es centro de esquí de fondo. Esta vez no estaba el chaval que nos hizo el lío, así que entramos por la pista como si fuera nuestra.

Finalmente salimos de los pinares para llegar ya a las zonas peladas de las grandes alturas, a más de 1.900 metros, allí había brisa fresca y mucho pedregal para guardar el equilibrio. Paramos en ese arroyo paradisíaco que baja por un prado alpino de hierba corta, bebimos y volvimos a probar las cámaras sumergibles haciendo fotos del fondo, Nico ha optado por la Pentax, a ver cuál las hace mejor. Cualquier que nos viera, vaya frikis, sacando fotos dentro del arroyo. Justo en aquella curva veo siempre una familia de lagartijas enanas de una especie que no conozco y no he visto enLuis y Rosalía ningún otro sitio, no más de 5 cm, pardas y con la cola de un vivo color turquesa, muy llamativas, no las he encontrado en Internet, ¿serán endémicas? tengo que investigar más…

Al poco llegamos a la bifurcación del camino que ya sube hasta el nevero, y tuvimos la charla negociatoria: eran las 12 y quedaban unos 3 kms de distancia y 250 mts de ascensión ya por puro pedregal, luego bajarte hasta la mancha de nieve para hacer las fotos, es decir, en el reloj mental de Nico eso es como una hora más, en el reloj real son dos, así que nos tiramos prudentemente para abajo, otro año pisaremos la nieve. Todos llevábamos un poco de energía ahorrada para ese duro tramo final, así que lo sentimos.

Bajada rápida, madre mía cuánto debimos ascender a juzgar por cuánto estamos bajando, el terreno muy seco y pedregoso, peligroso, en una curva de tierra suelta se me va la bici de adelante y vuelo por encima del manillar, cuántas decisiones tomas en décimas de segundo, apoyar o no las manos para frenarte (las apoyé, mala decisión), saltar por encima y caer rodando (lo hice, buena decisión), pero en definitiva una caída sin daño ninguno, salvo para el guante. Sacudirse el polvo, mirarse el cuerpo como los toreros  y seguir, no hay cornada. Javier como una moto cuesta abajo, a toda velocidad, la inconsciencia de la juventud, hasta que con tanta inconsciencia reventón de la rueda trasera y mucho rato para cambiar la cámara, la bici es comprada de segunda mano y el dueño anterior, un profesional, había pegado la cubierta y la había llenado de papel de periódico. Menos mal que no subimos al nevero, aquí caen 10 minutos más.

Finalmente a los coches, ha salido una larga ruta de casi 45 kms y 1.200 de ascensión, y eso que la recortamos, con el tiempo pegado pero aún llegamos a casa con la mesa puesta y la gente a punto de sentarse, malas carillas pero tolerables. Retrasos, ruta inesperadamente larga, amigos montañeros y reventones nos impidieron cumplir el objetivo, pero ya habrá nieve de sobra el invierno que viene..