El tramo imposibleA dónde va a ser, al Rio Moros, claro. Nos quedamos solos Ignacio, Rafa y yo, y aunque los Joses nos habían dicho que ellos harían la gran ruta Las Rozas-Segovia con vuelta en tren, nosotros últimamente estamos limitándonos a los sitios cercanos que nos permiten volver pronto a casa y fichar casi antes de que la familia se levante. No se si los Joses cumplieron al final su objetivo porque el dia estuvo amenazante, pero nosotros repasamos el post de esa ruta Las Rozas-Segovia y recordamos que son 75 kms con vuelta a eso de las 16 horas, demasiado para los tiempos que corren. Así que le preguntamos a Rafa dónde quería ir, y salió Rio Moros, claro.

No me hallaba yo muy católico, el miércoles había ido al gimnasio, donde hacía más de un mes que no pisaba, y me encontré con que mi varonil clase de Lift-Training había sido sustituída por una nueva de "GAP Brasileño" (Glúteo-Abdomen-Pierna), impartida por una brasileña (nada del otro mundo). A los hombres no nos suelen preocupar demasiado nuestros glúteos porque normalmente van tapados, salvo al que sí le preocupan, y en ese caso, huye de su compañía. Quiero decir que era claramente una clase de tías, pero ya que estaba allí no quise perder la hora y me puse a hacer sentadillas como un poseso, con el resultado de pillar unas agujetas históricas, una semana después aún me duran. Yo creía que las perdería a los diez minutos de pedalear, pero qué va, me acompañaron toda la ruta, era como eso que dicen bocadillo del futbolista, pero no tan fuerte: como si te estuvieran dando con un martillito en todo el muslo a cada pedalada. Unas agujetas bien pilladas no se quitan con nada, ni con aspirina ni con ibuprofeno, es solo cuestión de aguantar.

Pues allí salimos los tres desde la vertiente norte del Alto del León, Rafa estrenando sus regalos de cumpleaños, las gafas Decathlon que se oscurecen y el saco ese de poner en el manillar, más contento que niño con zapatos nuevos. Había llovido por la noche y el ambiente estaba fresco, Rio Moros siempre es zona muy fría. Encontramos la portilla abierta, creo que por primera vez en la vida, y fuimos pedaleando hasta el cruce de caminos donde empieza la subida, saltamos la valla y hale, a darle. Todo muy verde y algún corzo por entre los pinos. Llegados finalmente arriba, Rafa, que iba delante, rehusó (como los caballos de salto) ante el desvío que sube a Marichiva y siguió hasta el arroyo creyendo que no nos íbamos a dar cuenta, pero qué va, Ignacio y yo traíamos ganas de probarnos en el tramo imposible, es la verdadera medida de la condición física para el ciclista madrileño. Para prepararnos comimos en el arroyo, Rafa traía delicias turcas, esta vezAlucinando en el Moros de dátil prensado con almendra y cobertura de azúcar glass, la boca se pone dulce solo de escucharlo, un buen ejercicio para las mandíbulas. Retrocedimos pues un poco y subimos la primera rampa, el firme estaba húmedo y con buen agarre, si no la subimos hoy sin echar pie a tierra no lo haremos ya nunca. Al final más o menos lo de siempre, una o dos caídas inevitables y algún empujón de bici, y llegamos todos arriba con el corazón saliéndose por la boca.

Media vuelta y para abajo, emprendemos la larga y divertida bajada por la derecha de los pantanos y llegamos al puente sobre el verdadero río Moros, allí Rafa no pudo más y se sintió realmente en su sitio, como se ve en la foto. Dejamos la subida de la izquierda que te lleva de nuevo hasta la cabecera y que tomamos cuando estamos con ganas de endurecer el día (hoy no), y seguimos hasta el prado abierto del refugio, a ver ese enorme árbol que simepre creímos un abedul, pero que ahora visto de cerca y ya con hojas resulta ser un tilo. Alguien plantó varios de ellos y construyó una pequeña casita con tejado de pizarra para hacer un rincón agradable para estar, ahora está como para fotos de calendario. Nos dimos unas vueltas mirando al suelEl refugio del tiloo y pillamos unos puñados de senderuelas y algunos champiñones de prado, yo los comí por la noche, estaban buenos pero alguno sabía a vaca, demasiadas de ellas dando vueltas por allí y abonando el prado.

Una vez arriba y de nuevo al otro lado de la valla nos sentíamos poco cansados y con cierto complejo de culpa por el día tan tranquilo, así que el último tramo de subibaja hasta el coche lo hicimos muy picados y a toda velocidad, los tres alternando en la cabeza como la última vuelta de Rossi y Lorenzo en Montmeló. Nos cruzamos con un grupo como de treinta ciclistas muy domingueros (ellos y ellas), la ropa de chándal de felpa, los cascos en la coronilla y los sillines muy bajos.

En fin, esta ruta con todas sus variantes puede llegar a los 1.100 mts, pero no creo que el domingo hiciéramos más de 750. Vamos, un rato para pasear y ver el Río Moros, que siempre merece una visita, aunque algunos no estén de acuerdo…