Domingo 24 de mayo. De nuevo los domingos.
Después de nuestra dura prueba de la semana pasada y ya convertidos en duros cientouneros nos planteamos volver a la rutina dominical de las rutas por la sierra madrileña. Yo pensaba entre mí que después del exceso cualquier cosa que nos propusiéramos me iba resultar sencillita, vamos, que hacer los 101 supone subir un escalón sin retorno en tu condición física y que luego una ruta dominical se iba a hacer con la gorra, pero qué va, esto sigue siendo tan difícil como antes.
Para volver con buen pie elegimos una de las del Valle de Lozoya, la subida a San Mamés. Se vinieron Ignacio, que estaba en su casita de Alameda y le pillaba cerca, Rafa, que va recuperando la forma tras los catarros recurrentes, Nico y yo mismo. Varios correos durante la semana nos habían avisado de que la gente está liada, sea con el trabajo (¡hay gente que trabaja el domingo!), sea con la familia, o sea con otras obligaciones. De todos modos cuatro no está mal, para lo que tenemos últimamente.
A las 6,15 me levanté, desayuné y me vestí de deporte, al ponerme la camiseta azul recién lavada noté picores varios y le dí la vuelta, y allí había como dos docenas de esas bolitas ganchudas que se pegan a la ropa, amores o arrancamoños les llaman, lo que me trajo de inmediato el recuerdo de mí mismo miserablemente tendido bajo el olivo entre los cardos. No cabe duda de que estas plantas usan un sistema de propagación exitoso, aquí habían enviado sus semillas a más de 700 kms
de distancia. Las arranqué y me vestí de nuevo, hala a recoger a Rafa. De comida aún me quedaban en la mochila cinco de las seis barritas Isostar de choco coco que compré en los 101, lo que me hizo recordar también que no pude ni tragar una. Entre nosotros, son mucho mejores las de Hero.
Nos encontramos en el restaurante-pajar de Lozoya y salimos con tiempo fresquillo y suelo húmedo, había llovido fuerte el dia anterior, el pantano estaba a tope y todo muy húmedo y verde. Comenzamos las subidas por el robledal ya bien brotado, charlando más o menos de nuestras cosas y oliendo el aire. Pasamos el pueblo de Navaredonda, nadie por las calles, luego el de San Mamés, nadie tampoco. De allí hasta la granja de cabras se va por carretera, pero el Sherpa llevaba aprendido el camino por pistas de tierra, ¿quién puede preferir pisar el duro y llano asfalto antes que las estupendas pistas embarradas y llenas de guijarros? Nosotros no, no hay color. Llegamos efectivamente a la granja "Santo Mamede", una explotación de cabras donde venden todo tipo de productos artesanales, queso fresco de cabra, huevos de corral, miel, allí estaba la señora en su mesita y nos saludó efusiva, pero no podíamos cargarnos con cosas pesadas y frágiles, si no ya me hubiera apetecido una docena de huevos, a juzgar por lo felices que parecen las gallinas sin duda deben de estar buenísimos.
Ya han florecido las peonías rojas, qué bonitas, parece una flor excesivamente grande y vistosa para estar por el monte, la naturaleza suele ser más discreta si no es el hombre quien la fuerza. Hicimos unas fotos para recuerdo, estas flores enseguida pierden los pétalos, apenas duran quince días. Tras ese rato de subibaja duro se enfila ya la verdadera subida por el valle hacia los pinares, allá se distingue la catarata que llaman el chorro de San Mamés, muy vistosa y por ahora con bastante agua. Por primera vez quisimos verla de cerca, así que dejamos las bicis junto a la pista y nos metimos por un camino de andar, tras un rato de pisar pinos y saltar arroyos llegamos a
la cola de agua, donde hicimos fotos.
Ibamos discutiendo si San Mamés y Santo Mamede son también el Santu Medé de los asturianos, lo que le valió a Ignacio para arrancarse a cantar El Pericote: "Alameda alamé, Pericote rompió un pié, y después que lu rompió, lu llevó a Santu Medé…". Por aquellos valles de prados verdes y arroyos quedaba de los más propio, faltaba solo el pandero. Al saltar un regato hice mi primera foto subacuática (que no submarina) con la cámara nueva (Olimpus Tough 8000), no salió muy allá, pero al menos no fué la última foto de la cámara, como auguraba algún agorero.
Seguimos la subida hasta la cabecera, arriba aún unas manchas de nieve, pero no llegaremos a pisarla, están muy alto. Yo iba mirando distraídamente las cunetas por costumbre, y de repente algo me saltó al ojo, una especie de boina marrón llena de rayas blancas, paramos y cavando alrededor vimos que, en efecto, era un gran Boletus Aestivalis, hallazgo estupendo y nuevo para mí, nunca había encontrado boletus en primavera, y esta especie solo la conocía por fotos. Mirando un poco más encontamos otros dos o
tres, y entonces como siempre me cegó la codicia y me metí por el pinar, me tuvieron que sacar de allí. A partir de entonces el descenso con un ojo en los baches y el otro en los terraplenes, Nico tenía el ojo bien pillado y encontró otros dos o tres grupos de ellos, recién brotados y con un aspecto estupendo.
Ya en pleno descenso paramos para ver el pueblo de Canencia al otro lado del valle, y el comienzo del camino que lleva al Sabinar de Lozoya, es otro lugar de interés que nos interesa, pero hay que caminar bastante rato así que otro dia será. Llegamos al coche e hicimos el reparto, esa misma tarde los preparé y comí, me dieron la impresión de ser algo más insípidos que B. Edulis, así que Nico ha cortado los suyos en láminas para secar, eso les da mucho aroma.
Aunque no llegamos a subir a la horizontal (porque el dia se puso setero), salieron sus buenos 35 kms y 900 mts de ascensión y cada metro costó lo suyo, contra lo previsto no hemos vuelto de Ronda convertidos en Supermán, pero los domingos me siguen gustando…
