Domingo 26 de abril. En Mayo puede hacer mucho frío.
Visto que el domingo no conseguimos voluntarios para sufrir, aprovechamos Nico y yo para ir ultimando (él) o comenzando (yo) nuestra preparación para la terrible Ruta Legionaria de los 101 kms, que tendrá lugar el sábado 18 en Ronda. Finalmente ya estamos apuntados y con el hotel relativamente apalabrado así que allí apareceremos con nuestras mujeres, nosotros a sufrir en la bici, ellas a pasear entre los legionarios, que ambas son de familia militar y les va mucho la marcha. Si logramos sobrevivir nos pondremos una medalla y nos haremos muchas fotos con la cabra, va a quedar un artículo de lo más caqui.
Como ya digo, el domingo éramos solos, así que nos pusimos duros objetivos, dos rutas enlazadas en una con salida en El Escorial, subida al puerto de Malagón, bajada al pueblo de Robledondo, pantano de Peguerinos, subida al Refugio de la Cueva, Malagón de nuevo y Escorial. El anuncio del tiempo era muy malo, así que ropa de entretiempo, pero la mochila con chaquetas y chubasqueros. Comenzamos de nuevo en El Tomillar, y van nosecuantas este año, para arriba a buen ritmo pero charlando mucho, cuando uno está fresco se puede permitir el lujo de pedalear y hablar sin por ello perder el resuello. Sol y buen tiempo pese a los agoreros, temperatura de unos 7º y ganas de empujar. Mi bici está fallando de nuevo en los cambios, la maneta del desviador no actúa y tengo que cambiar tirando del cable con los dedos, a ver si el mecánico da con ello de una vez antes del 18, porque ya son bastantes los 101 kms como para hacerlos con ese hándicap.
No hago fotos de momento, he hecho cientos de esta subida, me dedico más bien a mantener el silencioso pique con el compañero, es divertido y te ayuda a superarte. En las primeras rampas de arriba, que son muy duras, hay otro betetero que ha partido la cadena y está dedicado al bricolage, saludos y oferta solidaria de ayuda, pero el hombre sabe lo que hace y tiene de todo. Llegamos al puerto y también como tantas veces lo encontamos repleto de niebla, la temperatura baja de sopetón a los 0º y la humedad sube, hay que parar y echarse encima las chaquetas y los chubasqueros. Los pinos están espolvoreados de nieve de anoche, caray qué año, si estamos entrando en mayo y no se ha cansado aún de nevar. Hace un mes en un día exactamente igual nos dimos la vuelta y renunciamos a conocer la bajada a Robledondo, esta vez seguimos, el paisaje (o lo poco que vemos de él) es de tojo y retamas bajas, es decir, pelado. Paramos a comer algo junto a un muro abrigado, según el cartel es monte privado y se nota, los pinos caídos con el gran ventarrón de hace un par de meses siguen allí, y seguirán hasta que el dueño tenga unos euros para hacer la limpia.
Para comer tengo esta vez barritas de choco-coco, qué buen descubrimiento, a mis hijos no les gusta el coco así que ya no me pasa lo de ir el domingo a llenar la mochila y encontrar las barritas saqueadas, llegué a pensar en comprar un cofre con llave, como Rafa. Claro que yo metería las barritas, él mete el wisky, las anchoas de Santoña, los mantecados y sus otros tesoros. Volvemos a montar y seguimos el descenso,
Dios que frío hace de repente, los guantes de entretiempo no valen para esto y las manos vuelven a ser de madera, y además el frío te pilla ya sin la actitud mental necesaria, es Mayo y tienes ya la cabeza en la piscina y el bañador. Por fin llegamos a Robledondo, pueblito perdido en la niebla, efectivamente hundido en un valle estrecho con muchos robles, aquí debe dar el sol muy pocas horas al dia. Hay varios carteles a la entrada y cada uno va a lo suyo, Nico consulta los carteles de mapas y rutas y yo los de pájaros y mamíferos. Como estamos ateridos le ofrezco entrar al pueblo y tomar un café, invito yo, pero rechaza la posibilidad, creo que le parece signo de flojería.
Salimos por la que el cartel llama "ruta de los arroyos", remontando La Aceña (hay en efecto un gran molino de agua restaurado), abandonamos la carreterita y seguimos por un bonito arroyo acotado de pesca (de los de soltar las truchas), que en teoría debe ser el que viene de la presa del pantano de Peguerinos. La pendiente es muy fuerte y el piso lleno de piedrones, así que tenemos reventón y parada, qué tortura quitarse los guantes para ponerse a cambiar la cámara, pero el ejercicio de mover la bomba me hace entrar en reacción, ni que decir tiene que muevo el pistón con mucho más entusiasmo del necesario. Más remonte y más subida y entramos en un valle solitario, muy estrecho y con grandes canchales, qué bonito, parece que estemos en Gredos y estamos al lado de Madrid. El camino sigue por el único espacio libre, por el mismo cauce del río, hay que cruzarlo cuatro o cinco veces, en una de ellas da Nico con una piedra y mete los pies en el agua, en el siguiente me trabo yo en el lodo y hago lo propio. Sorprendentemente el agua helada parece calentarnos los pies, será por la reacción.
Llegamos finalmente al pie de presa (Jose Vecino dice que estuvo un tiempo en ella por motivos profesionales) y subimos por las rampas de servicio hasta arriba, seguidos de cerca por el jeep del vigilante jurado, creo que más que sospechas lo que tiene son ganas de conversación. Cruzamos y a partir de ahí vamos por la senda que bordea el pantano, este terreno ya no es nuevo, vamos a parar para quitar ropa y comer más barritas. Yo me pierdo por el pinar y por fin encuentro las primeras setas del año, varias grandes Gyromitras, muy buenas para comer si desprecias tu vida (hay que cocerlas bien, y aún así..).
A partir de ahí viene la segunda gran subida del dia, pero qué curioso, como voy mirando a las cunetas y pensando en las setas ni me entero de lo dura que es y llego hasta arriba sin esfuerzo. Contra lo que nos temíamos ya no hay niebla, ya no hace frío, algunos rayos de sol caen sobre la carretera y levantan nubes de vapor, así que todo el frío que temíamos pasar en la bajada al Escorial se queda en nada, va uno de maravilla y disfrutando del sol. Nos mezclamos con un grupo del Club Guadarrama que nos adelanta y llegamos al coche, montamos y a la vuelta (como a la ida), Nico me deja en una rotonda de Las Rozas desde donde voy en bici hasta casa, justo a tiempo, cae una gran llovida y yo la veo desde detrás del cristal sorbiendo mi rica crema de calabacines, qué reconfortante después de los fríos pasados.
En definitiva, 44 kms y 1.300 de subida, un buen entrenamiento para nuestra próxima graduación como duros legionarios, esa será de 101 kms, mariquita el que abandone…
PS. De repente el blog ha pasado de 170 visitas a 330, record absoluto, y veo por la estadística que han sido en su mayoría ávidos seteros buscando información sobre el codiciado perrechico, pues nada, que haya suerte…

Entramos en el pinar y unos 2 kms más allá atravesamos el arroyo de Las Acebedas, que luego se transforma en el Rio Frío, y buscamos el sendero que según Nico, que se ha documentado, lleva a un sitio histórico, al alaguía o azud del Acueducto de Segovia, es decir, el punto donde toma el agua. El sendero no es ciclable y hay que empujar, pero el paisaje compensa con creces. La caminata se va alargando y no hay azud, se oye algún murmullo (¿de quién?), no estamos acostumbrados a empujar, pero al fin llegamos al sitio, el río se bifurca y se desvía a unos canales de piedra y varias presas, todo está muy sombrío y musgoso, el sitio respira historia. Al parecer hay un tramo romano y varias obras posteriores de varias épocas y no supimos distinguir qué era qué, pero ahora Miguel Angel lo ha investigado, va foto. Hay también un laberinto de presas y esclusas y que según sabemos ahora es un decantador de arenas. Despues de hacer muchas fotos seguimos por la senda que va sobre la canalización y la bici de ignacio resbala sobre una de las arquetas, no puede sacar el pie de la cala y cae a plomo sobre cadera y rodilla con todo muy torcido, menos mal que el ejercicio nos mantiene los huesos duros, porque pudo ser malo. La maneta le ha dado en la ingle una especie de cornada baja, pero el pronóstico es solo reserva
do, no hay afectación de la hombría.
añas asturianas. En un regato hay algo que parece un cordón, pero que resulta ser la puesta de un anfibio, probablemente un sapo corredor. Paramos a comer con estupenda vista y sentados en un peñón de "gneis glandular" (se nota que ahora tenemos geólogo de plantilla), y ya por buen camino vamos bordeando el pinar buscando una buena entrada para atacar la montaña y tratar de subir el Pasapán, que se divisa arriba a reventar de nieve. Probamos un camino ancho abierto entre los pinos, es tan recto y empinado que parece cortafuegos. Con porcentajes del 9 al 13% y sin una curva ni un llaneo vamos poniendo a prueba la capacidad de sufrimiento, la cabeza baja y el pedaleo al 80% de resistencia, hay que pensar en otra cosa y dejar que las piernas trabajen solas. Llegamos al fin a lo alto del camino, ya con nieve en las cunetas, pero vemos que no va a haber tiempo para intentar lo imposible, el paso del puerto lleno de nieve, así que decidimos hacer la vuelta por la carretera y lo más rápido posible. Por la pista principal descendemos lo ascendido y llegamos a la carretera de Segovia a la altura de Revenga, el pueblo con más asadores por kilómetro cuadrado, luego largo tramo de carretera que sube y baja, a mí me gusta el asfalto para poner a prueba la potencia con mucho desarrollo, y el relevo.

Tiramos esta foto a un arbusto de flor, juro que no he subido la temperatura de color: yo sostengo que es Callistemon, Rafa que es un Metrosideros, casi da lo mismo porque son primos hermanos, pero juzgad.
Primero y antes que nada: ¡madre, no leas este artículo!. Escribo el segundo post de la sección "Dame un Consejo", hablando sobre un tema por el que algún amigo me ha preguntado, y es el de pasarse o no a la moto para ir por la mañana a trabajar en Madrid.