Hacia el SonsazHay que ver, cómo da de sí esto de hablar del tiempo (del wether, no del time). Recuerdo que hace un par de años me propuse no volver a hablar del tiempo en los artículos, pero enseguida rectifiqué: al cabo de narrar la misma ruta cuatro o cinco veces, ¿de qué vas a hablar si no?. Dice una estadística que cuando dos personas que se encuentran en un ascensor llegan a conversar, el 72% de las veces será sobre el tiempo. Es lógico, es un tema que afecta moderadamente a todos, no es ofensivo, no requiere un grado de conocimiento excesivo de la vida del interlocutor, da justo para un ratito… el tema perfecto para romper ese silencio incómodo, en un espacio tan reducido. La estadística esa me la acabo de inventar, pero hablemos del tiempo!

Digo esto porque lleva quince días sin llover ni nevar, pero nosotros seguimos amarrados a las rutas de cotas bajas, por temor a los atascos de la nieve. A partir de los 1.500 sigue habiendo manto blanco, pero hasta ahí está ya todo limpio. No es aún primavera, el campo está marrón o ceniciento, nada ha brotado todavía, bastante hace el suelo con irse calentando poco a poco. Algunos signos se ven de cambio: ayer pasaron por encima del jardín los bandos de grullas, son un espectáculo, varios cientos trompeteando a la vez y dejándose llevar por el viento, volando en círculos, Las Rozas debe ser ruta migratoria y quizá descansan en los encinares de El Pardo, porque todos los años las vemos dos veces, a la ida y a la vuelta. También por los alrededores de casa he encontrado una liebre muerta y el pelo de otra, esto suele ocurrir cuando empiezan el celo, los machos de liebre, normalmente esquivos y difíciles de ver, se vuelven muy libidinosos cuando les dan las calenturas, se ponen a pelear o a copular y se dejan atrapar por los perros de paseante. El año pasado vi una pareja de liebres en medio del campo de futbito, mojadas por la lluvia y expuestas a todo el mundo, copulando alegremente. Aunque todo esto pueda hecer pensar que la primavera está cerca, Ignacio dice que oyó a un gurú del campo que echando cuentas por el tiempo que hacía en no se qué luna del otoño llegaba a la conclusión de que este invierno habría cuatro lunas de nieve, y por ahora solo ha habido tres, así que todos con el sayo puesto.

Nosotros volvimos a quedar por la Sierra Negra, un par de kilómetros antes de llegar al pueblo de Valdepeñas. Esta vez solo Nico, Diego y yo, Ignacio no contestó a las llamadas, y a Rafa no se le ha vuelto a ver desde la tiritona de La Pedriza, dice que tiene un catarro de esos de quita y pon, ahora me marcho, ahora vuelvo. Ya sabemos todos que eso se quita con un palizón ciclista, el cuerpo lo que necesita es un revulsivo. Ya es de dia por completo cuando armamos las bicis a las 8,30, lástima que tenga que venir el cambio de hora para retornarnos al invierno. Por caminos agrícolas nos acercamos a Valdepeñas de la Sierra, uno de esos varios pueblos que están salpicados por este macizo perdido, tan alejado de las carreteras radiales. Ya muy cerca del pueblo vemos un grupo de cinco o seis corzos que suben huyendo por la ladera, han venido esta noche a ver si el hortelano ha sembrado ya los plantones de lechuga, que son una delicatessen al lado de los hierbajos del monte, como diría Ale, son sujetos de observación pervertidos. He puesto en el álbum algunas fotos lejanas, buenas para jugar a "Buscando a Wally". El pueblo ocupa a lo ancho toda una ladera soleada, hay que ver qué bien elegían los emplazamientos nuestros antepasados rurales, les iba el bienestar en ello. Los repechos para entrar por esta zona de olivares son muy duros, hay que empujar. Cruzamos el pueblo saludando a varias señoras madrugadoras en bata, y tomamos por las traseras hasta el cementerio, que está muy limpio y bien cuidado, con las cruces muy ordenadas. Unos kilómetros más allá saludamos de nuevo los restos de lo que fué un animal de peluche de vivos colores y filiación desconocida (burrito o conejito orejón), que lleva tirado en el trigal unos ocho o nueve años, desde que empezamos con la bici. Seguramente se les cayó a los Reyes Magos, o lo dejó allí un niño cabreado por el mal gusto de Sus Majestades. Nosotros lo vemos deteriorarse año tras año, prohibidos los paralelismos. Ahora parece el pellejo de una oveja muerta, a cuántos buitres habrá engañado.

Cogemos el ramal izquierdo que lleva a la Sierra Gorda, algunos se quitan ropa y empezamos la subida buena del dia, yo me encuentro tan fuerte últimamente que ni la ropa me sobra. Los cerezos que plantaron a lo largo de todo el camino para acompañar al caminante se han dado estupendamente, ya triplican su tamaño, pese a los hielos del invierno y los fuegos del verano. Los pinos tienen ese aspecto "despeinado" de cuando han soportado mucha nieve hasta hace poco. Cruzamos el río Sonsaz y seguimos subiendo, y arriba de la sierra paramos a comer y ver el paisaje. Abajo, muy lejos, sobre los sotos del río se ve el pueblo de Valdesotos. Mi madre dice que le gusta la parte en que cuento el menAntesú, esta vez repito turrón canario, me estoy haciendo adicto, y dátiles.Antes

Un largo rato de bajada por la carreterilla, bordeo del río Jarama que con las nieves vuelve a parecer un auténtico río, y subida hasta la presa del pantano de El Vado, hacía meses que no veníamos por aquí. Está a rebosar, soltando agua por la cola central en sonoro y alegre derroche. Nos acercamos a la presa para hacer la tradicional foto con el escudo del águila de fondo, y ¡oh sorpresa!, el escudo no está, algún Zapatero revisionista lo ha arrancado. Cruzamos impresiones sobre esta manía de eliminar símbolos, y DespuésDespuéscoincidimos en que es una canallada, no hacía daño a nadie y resultaba curioso y bueno para hacerse fotos. Aunque supongo que su valor artístico era 0 (era de hormigón), se deben de haber tomado un gran trabajo para eliminarlo, porque era muy grande y colgaba sobre el vacío, ha debido de haber un gran aparato de andamios este invierno. Salvando por supuesto las enormes distancias, no puedo evitar el símil de los Talibanes volando el buda de la montaña ese que era patrimonio de la Humanidad, esperemos que no cojan carrerilla y vayan volando todos los escudos puestos en España por tiranos, porque luego caerán los de Felipe II, Pedro I, los Reyes Católicos… En fin, ahí va una foto de antes y después, para que no se pierda la memoria (a todo esto, mi chaqueta OF3 pronto va a parecerse al burrito de peluche de Valdepeñas…).

Ya se iba haciendo hora del volver y teníamos dos posibilidades, o bien bajar por caminos hasta el Monasterio de Bonaval, o volver por toda la carreterita hasta el cruce, pasando por Valdesotos. Siempre solemos preferir lo primero, pero la vuelta por Bonaval lleva la obligación de atravesar el Jarama por un vado y mojarse los tobillos. Viendo la cantidad de agua que soltaba el pantano estaba claro que la mojadura esta vez iba a ser casi natación, así que carreterita adelante. Desde ella se divisa el rio y las ruinas del monasterio, junto a la gran vega que en su dia debió de alimentar a la congregación. Esta carretera es interminable, venga a subir y bajar, siempre crees que esa loma será la última y aprietas, y así vas perdiendo las fuerzas. En un recodo encontramos arrumbada una gran cosechadora amarilla, los dueños decidieron que le había llegado el momento de su jubilación cuando iba por estos valles perdidos, debió ser de esas itinerantes porque aquí no hay cereal para mantener una cosechadora de plantilla. Seguimos de retorno las grandes tuberías del Canal, y vimos con satisfacción que ya no son azules o amarillas como antes, ahora las pintan de mimético verde militar.

Llegada al coche a las 12,45 después de recorrer 49 kms y 1.200 de ascensión, últimamente vamos que nos salimos. Alrededor el paisaje gris, ya no hay nieve, no es invierno, pero aún tampoco primavera…