Domingo 25 de enero. Mucho más de lo mismo.
Y venga blanco, más madera, este domingo ha sido seguramente el dia más nevado y espeso desde que salimos con bici. No quiero decir que no hayamos pisado nieves más profundas, que a veces nos hemos visto con ella a la cintura, o que no hayamos pasado más frío otros dias, sino que puestos a caer, creo que nunca habíamos tenido un dia de ver caer y cuajar con más ganas.
Esta vez volvimos a ser cinco, Nico, Rafa, Ignacio Diego y yo. Quedamos en La Pedriza, pero en el aparcamiento de fuera, para poder prolongar la ruta y hacer más subida sin necesidad de llegar tan arriba. Era el dia de mi cumpleaños y lo dije, pero me resistía a cantar el número exacto, hasta que Rafa me dijo "¿a que jode pasar nueva decena?" ¡Alto ahí!, nueva decena la pasarás tú (y no será la misma que yo), yo no estoy todavía en el grupo de los cincuentones, así que al final tuve que reconocer que me caían 49, el año que viene por estas fechas tengo que estar en el Caribe, o en Brasil, o en cualquier sitio que me haga olvidar la amargura de pasar ese umbral tan claro de la vida. O tal vez me ponga hiperactivo e hiperfuerte, a subir montañas más altas y hacer rutas más largas, tendré que pasar, como dice Ignacio, el sarampión de los que creen que están obligados a demostrar algo.
Pues nada, montamos las bicis y nos abrigamos pero sin exageraciones, la noche (aún) estaba despejada, y la temperatura sobre cero. Avanzamos por el camino que bordea el parque y entramos por la portilla metálica que está como 2 kms más allá que la puerta principal. Esa zona es bonita, tiene muchos enebros viejos bien conservados. Se pasa por esa zona que parece una postal asturiana perfecta (o cántabra), muro de piedra con musgo, gran prado verde con vaquitas y montaña detrás, cuadra de piedra y arroyo bordeado de sauces. Vamos, que si te la po
nen en un cuadro para turistas dices que se han pasado con los tópicos. Empezamos a subir por las duras cuestas de tierra, y empieza a llover, luego aguanieve, luego nieve en copos. No hace ningún viento y el ver caer mansamente nos divierte, incluso paramos para quitar alguna chaqueta, que el calor nos sale de dentro.
La nieve va cuajando pero como siempre que está fresca se sube muy bien. Los chubasqueros, los pantalones, los guantes, todo se va mojando, Ignacio se quita los guantes para reservarlos secos para la bajada, da pena verlo subir con las manos coloradas. Tras una larga y disputada ascensión llegamos finalmente al Collado de los Pastores y nos ponemos a comer, disfrutando del paisaje tranquilo y de la falta de viento. En ese momento, cuando estamos votando si seguir o darnos la vuelta, resulta que arrecia de verdad y empieza a caer manta espesa en copos gordos. En muy poco tiempo pasamos de estar sorprendidos y divertidos a estar preocupados: estamos bien calados, hace mucho frío, el material es inadecuado y nos espera un buen rato de pasar mucho más frío, las bajadas no son divertidas en estas condiciones. Mi móvil ha sonado un par de veces, seguramente felicitaciones familiares, pero con las manos de madera es difícil apretar los botones. Tampoco es fácil manejar los frenos con precisión, imagínate tener que apretar una palanca con un palo, pues igual. Nos forramos ya con todo lo que llevamos en la mochila, es mejor una chaqueta húmeda y cubierta de nieve que cero chaquetas, y nos tiramos monte abajo.
Vamos bajando espaciados pero por parejas, a los dos minutos de pasar se borran las huellas del que va delante, sin embargo nos cruzamos con otro grupo de ciclistas que van subiendo, no creo que lleguen hasta donde nosotros. Vamos bajando más y más hasta que de repente, en la cota 1.100 la nieve se convierte en agua y el camino queda limpio, ya solo queda llegar hasta los coches. Las bicis, que iban limpísimas con la nieve, quedan en un momento forradas de barro, una lástima. Llegamos a los coches y recogemos a toda prisa, dentro de las limitaciones que te da tener las manos tiesas. Intentamos comentar el dia al despedirnos pero es inútil, no se entiende al que farfulla, y todos tenemos ya en la cabeza el baño caliente y el colacao. De vuelta Rafa va tiritando agarrado al volante, yo voy sentado al lado sin más responsabilidad que tiritar. Para el que crea que exageramos las penalidades del día, el vínculo a las fotos está donde siempre, en la primera imagen.
En fin, un dia para recordar por lo excepcional, veremos cuándo empieza a aflojar este tremendo invierno, o si tenemos que seguir muchos más lunes hablando de lo mismo…

Sucesivas paradas para ir quitando ropa y aligerando peso, no quiero entrar en detalles porque mucha gente se ha escandalizado o adenterado con la inocente descripción del otro dia. Algunas balsas de nieve dentro del pinar que te obligan a ir haciendo el hámster con los pedales (molinillo loco), y más esfuerzo al final, en los ventisqueros que se forman antes de empalmar (perdón, perdón) con la carretera. Comida allí, esta vez llevé una torta navideña de mazapán y naranja que estaban liquidando en el Carrefas, no está mala. Al enfilar el último tramo del puerto, ya por la carretera, un enorme ventarrón que venía de la ladera norte y se colaba por el paso, si estuviéramos en el spinning diríamos "pedalear al 95% de resistencia". Llegados arriba, era otro mundo, el Gran Norte, oscuro, ventoso y muy frío, no exagero nada, que se ve en las fotos. Aún así, bastante gente con los trineos de plástico, con raquetas, crampones, esquíes de travesía, todo el muestrario Decathlón. Aún seguimos un par de kilómetros en horizontal por la nieve, hasta llegar a una extraña construcción de grandes piedras cuyo objeto se nos escapa: retener la nieve? canalizar el agua del deshielo? ni idea, se aceptan opiniones.
ngelado, seguro que se podía cruzar andando, el que se atreva, claro. A la entrada, como íbamos con tiempo, decidimos dar una vuelta dominguera por el pueblo y comprar el pan (falso candeal), y unos Piononos de Granada que hacen en una pastelería unos parientes de los que los inventaron. No triunfé, demasiado dulces para el gusto de mi casa. Y lamentable aspecto el de nuestras bicis con la bolsa del pan colgada del manillar.
Poco a poco la nieve va espesando, pero sigue ciclable, hay que mantener la rueda delantera recta y pedalear sin movimientos bruscos, así se guarda el equilibrio. Llegamos hasta los miradores (esta vez adelanto al cuco de Rafa en el último repecho), hacemos unas fotos de sol y nieve y seguimos a intentar llegar a la Fuente de la Reina. Efectivamente lo conseguimos con solo algunos pies a tierra, y allí paramos a comer. Bastantes caminantes superequipados con polainas, bastones de nieve, algún exagerado incluso con crampones, se los habían traído los Reyes y había que estrenarlos. También una pareja hipermontañera con un perrito todo aterido, que nos miraba como diciendo "llevadme lejos de estos locos", pero sí, a buenos otros se iba a confiar… Comida con los restos navideños, mazapanes, polvorones, todo muy calórico. Después de pensar un rato renunciamos a bajar hacia Valsaín, y también a tomar el camino de Marichiva, no conveniene abusar de la suerte, mejor volver por el mismo sitio. En el Mirador de la Reina hacemos parada para fotografiar las cascadas heladas, y hacer un poco el tonto con los carámbanos que se habían formado. No da remordimiento arrancarlos, mañana se formarán de nuevo.
Desde hace años tomé medidas para hacer este cuadrado de césped querencioso para los pájaros, así que aparte de los árboles y del agua que gotea del riego automático, les vengo poniendo alimentación en invierno. Para quien quiera hacer lo mismo, va el truco: hacer un pequeño tejadito de madera (tipo caseta de nidificar), colgarle dentro un buen bloque de manteca de cerdo, y sentarse a mirar. La grasa atrae a los pájaros insectívoros de manera increíble, cosa que no tiene ningún sentido. Que yo sepa, los insectos no tienen grasa, y un bloque blanco y seboso no debería tener mucho atractivo para picar, pero a los pájaros les vuelve locos. A veces me pregunto si con esto estoy alterando el nivel de colesterol de los plumosos, pero no creo: lo de poner sebo aparece en muchas guías de naturaleza, y además reconozco a algunos pájaros que llevan años viniendo, y parecen la mar de sanos. Este truco solo sirve en invierno, cuando hace mucho frío o llueve (y es fantástico cuando nieva). Según va entrando la primavera los pájaros prefieren dietas más variadas y se van por ahí a buscar insectos y gusanos: la grasa que aún queda se funde y cae al suelo. También coloco una malla de las de naranjas llena de cacahuetes y anudada. He probado con cacahuetes crudos y sin tostar (incomibles para un humano), pero veo que ellos prefieren los grandes cacahuetes tostados y salados. Por último, al barrer las hojas del otoño dejo por el suelo varios membrillos cortados por la mitad, o ensartados en las ramas. A esto se suman las semillas aladas del Arce Negunda de mis vecinos (una pesadilla, caen a montón y germinan), y las migajas de sacudir el mantel después de la comida.
El trasiego de pájaros es constante, no pasan cinco minutos sin que aparezca uno, y son de muchas clases. Desde luego, gorriones, pero esos no tienen mérito, van allá donde haya una miga de pan. Vienen muchos mirlos, el macho muy negro y con el pico naranja, la hembra parda y discreta. Gustan de picar los membrillos durante todo el invierno, seguramente no sacan mucho alimento, pero tienen ahí su reserva por si fallan otras cosas. También pican la hierba en busca de lombrices, ¿alguien ha observado su técnica? dan un salto y ladean la cabeza cerca del suelo, y cuando escuchan el roce de la lombriz que se arrastra, cuatro picotazos, y lombriz. Deben de tener un oído tremendamente selectivo, porque yo les he visto hacer esto en la pradera que hay en el Parque de Atracciones debajo mismo del la montaña rusa (el Siete Picos): ¡entre el ruido ensordecedor de los vagones y de la gente, distinguen el arrastrar de una lombriz!.
Entre los insectívoros más raros y de más mérito, vienen dos tipos distintos de curruca: la capirotada y la cabecinegra, a ambas les encanta la grasa. El macho de la curruca cabecinegra es muy llamativo en verano, siempre con el rabo en alto y el ojo de un rojo brillante. La hembra, como siempre, más discreta, toda parda y con boina marrón. Buscándolas en Internet veo que hay al menos ocho tipos de currucas que se ven por España. 
Hay un petirrojo residente, pero no le gusta la grasa, pica los membrillos y deambula por allí. También llegan a veces pinzones y verderones para masticar con paciencia las semillas del arce. Raramente aterriza algún estornino, con lo omnívoros que son estos bichos nada hay sin embargo en el jardín que les guste. ¿Y cuál es la estrella de los pájaros que pueden atraerse? sin duda, el ruiseñor. A mi casa ha estado viniendo uno las últimas primaveras, pero no viene por comida, sino para bañarse en el charco que forma el riego por goteo, y porque le gusta el fresco de los arbustos bajos y verdes y de la hierba. Tener uno cerca es un privilegio, pero también un sacrificio: canta con fuerza en plena noche, a veces desde las 4 de la madrugada, en un momento en que se impone dormir con las ventanas abiertas…
En una peña plana habían hecho una pintada muy currada, con plantilla y a dos colores, de la cara de un mono, lo que nos dejó pensativos: ¿Es una pintada ecológico-reivindicativa? ¿Es sólo un temita decorativo?. Bueno, la verdad es que no hacía feo del todo, dentro de lo estúpido que es en general hacer pintadas por el monte esta era de las menos ofensivas.
A la bajada, y como ya íbamos en tiempo sobrado, paramos en el Centro de Interpretación del Arboreto Luis Ceballos, una de esas cosas que siempre decimos que vamos a hacer y nunca hacemos. Nico y yo nos dimos una vueltita por los caminitos de piedra viendo las especies que tienen plantadas, leyendo los carteles y tratando de aprender algo (¿Los Quercus son Fagáceas? no lo creía), Rafa esperando a la salida y echando pestes, los árboles solo le interesan si tienen higos para coger de gratis.