Como Gary GrantA veces nos preguntamos la razón de los nombres tan sonoros de los sitios donde vamos, porque razón deben de tener alguna. Unos sitios tienen nombres atemorizadores: La Fuenfría, Navafría, Riofrío, El Tiemblo, Quebrantaherraduras, La Penosilla, Malagosto, Garganta, El Calvario, nombres merecidos porque normalmente son sitios heladores, empinados o angostos. Otras veces tienen nombres prometedores, pero normalmente inmerecidos, por ejemplo, nunca nos esperaba un queso en lo alto de la Majada de los Quesos, ni uvas en la Cabeza de La Parra. El domingo fuimos a uno de los primeros, el Puerto del Reventón, nombre merecido donde los haya.

Quedamos en Alameda Rafa, Nico Ignacio y yo, todos con buen ánimo, aunque Ignacio bastante rezongón, pese a ser la salida en su segundo pueblo. Su comentario vino a resumir bien lo penoso del tema: "madrugón, una hora de coche, tres de bici y otra hora más de coche a la vuelta". La verdad es que Alameda está en el límite de lo aceptable, un poco demasiado lejos. En adelante elegiremos sitios cercanos, y solo una vez al mes hacemos el extraordinario.

Salida ya bajo cero, por primera vez en esta temporada, con hielo y escarcha por el campo. Este primer frío te pilla desprevenido, no gusta, incomoda, quién diría que habrá días que estemos a casi -10º, con lo mal que llevamos el primer refrescón. Salida remontando todo el valle del Lozoya hasta El Paular y subida por el camino del Palero, con una variante retorcida, según Ignacio para desorientarme a mí (como si eso fuera difícil). Nada más salir extraño pinchazo mío, no había dado contra piedras, ni había pasado por tramos de abrojos, lo que se dice un pinMomento históricochazo inesperado. Subida al puerto del Reventón en una senda interminable, malísima de firme y con muchas curvas a derecha e izquierda, difícil para las piernas y para el equilibrio. A media subida pasamos a un chaval muy alto que iba entregado, ya empujando, y arriba del todo encontramos a sus compañeros, que estaban ya preocupados. Nos dijeron que pensaban seguir por la cuerda hasta Malagosto y bajar luego, según Ignacio ese es un trayecto horrible, de empujar y sufrir. Pero bueno, no les pudimos convencer, y cuando llegó el que les faltaba se fueron a encontrarse con su destino, momento que refleja la foto. No hemos leído hoy nada en el periódico, quizá al final no se los comieron los buitres.

La bajada divertida y exigente con toda aquella pendiente y mal firme, luego entramos en una senda por enmedio del robledal, llena de piedras y piedrones, al límite de lo ciclable. Pasamos como media hora aguantando el peso con los brazos y tratando de no caer, daba ganas de bajarse y pensar un rato en otra cosa, más que cansancio era estrés mental. Allì pinchó Ignacio que llevaba válvula de las finas, y cosa increíble, hecho histórico sin precedentes, Rafa sí que llevaba una cámara de repuesto y se la dió, el momento quedó inmortalizado. Me recuerda al cuadro de La Rendición de Breda.

La vuelta con todas las prisas por la pista lateral, atravesando Oteruelo (que estaba en fiestas). Unos 35 kms y 1.100 de ascensión, pero a mí me pareció bastante más dura que el domingo anterior, que teóricamente era más subida. Está claro que lo que te cansa no es tanto la subida como el mal firme y el ir picado con otro, lo que te hace ir al límite. Una ruta a la que vamos pocas veces, porque está lejos, y porque por algo lo llaman El Reventón…