Domingo 26 de octubre. El dia de los Sherpas.
Avergonzados por las críticas que suscitó nuestra última salida, en la que descaradamente pasamos de las gestas deportivas para dejarnos llevar por la codicia setera, decidimos este domingo "hacer algo grande" (Nico) aprovechando además el margen extra que nos daba el cambio de hora, ese tiempo de regalo no es para pasarlo en la cama, sino en el monte. Supongo que le pasa a todo el mundo: el reloj mecánico lo cambias en un momento, pero el reloj biológico sigue durante varios días, así que te sobran horas de sueño y a las 6 ya está el ojo abierto. Como además estamos últimamente muy ahorradores en tiempo y gasolina, siempre nos quedamos en la sierra próxima, así que para un dia que íbamos sobraos escogimos salir desde el pueblo de El Tiemblo (Avila) un sitio donde íbamos antes a menudo, en aquéllos tiempos en que la gasolina costaba la mitad y en casa nos toleraban el doble de retraso.
El sábado previo, y a fin de vacunarnos contra el gusanillo de las setas (que no es el que se encuentra en los níscalos viejos), nos subimos Rafa y yo "a donde la otra vez", y pese a las mareas de gente tuvimos otro buen dia de hallazgos: Pardillas, Lepistas, algún níscalo y sobre todo mi récord personal, un Edulis de 1,1 kgs, adjunto la foto para incrédulos: parezco la Sota de Bastos.
Para la interminable ida a El Tiemblo quedamos antes en Brunete, y allí nos juntamos Nico, Diego y yo con las bicis en el coche de Nico, que está viejo pero aguanta todos los abusos. El camino, más de hora y cuarto, se hace interminable, y eso que Esperanza ha terminado la Carretera de Los Pantanos contra todas las sentencias de los Tribunales Europeos. Pasamos el pueblo y aparcamos esta vez en Las Cruceras, la antigua colonia de los obreros que hicieron la presa del pantano de El Burguillo. Una asociación ha recuperado el lugar para hacer alojamientos rurales, restaurante y un coto de trucha sin muerte en el río Iruelas. http://www.valledeiruelas.com/ Toda la zona es reserva natural, y hay una importante colonia de buitres negros.
Normalmente enfilamos al puerto de Casillas, y en los días en que vamos fuertes llegamos a subir al Cabeza de la Parra, pero esta vez queríamos ruta nueva, así que empezamos bordeando el pantano, pasamos el cámping y saltamos la valla de la Reserva de Aves, a riesgo de que los forestales nos echaran o que los buitres nos comieran: si es lo primero no pasa nada, si es lo segundo es morir por la causa biológica. No nos da remordimiento porque los beteteros pasan rápido y en silencio y no alteran el entorno, no como los cafres del quad. Un comienzo frío y húmedo junto al pantano, y enseguida a subir montaña, se agradece entrar en calor.
Como la ruta era completamente nueva hubo que desplegar mapas varias veces, ahí Sherpa I y Sherpa III tuvieron largos diálogos mientras yo me perdía por el pinar, la jodida codicia me puede. Ah!, echamos de menos al Sherpa II, Ignacio, que estaría buscando su camino por el fondo de su cama. La ruta sube y sube hasta la fuente Covachuela, fría y con mucho caudal. Allí, con más despliegue de mapas, decidimos renunciar al objetivo inicial, el puerto de Navaluenga, que se veía lejísimos y defendido por una subida contínua de casi 1000 mts, y tomamos un ramal que según el mapa termina en un cortafuegos junto al pico de El Mirlo, con la idea de subir y volver a bajar. Luego tuvimos la buena sorpresa de que mal que bien lleva por varios caminejos hasta la pista que baja de Casillas, así que hicimos ruta circular.
Más sube y sube, se sale de los pinos y se llega a los 1.600 mts, con paisaje de montaña pelado y pedregoso. Todo está lleno de matas
de piornos, hacen un paisaje como de cojines acolchados, pero no se te ocurra tumbarte, están llenos de espinas. Yo hice la prueba de ponerles encima una piedra plana y sentarme, soportaban mi peso perfectamente. Más pruebas de caminos y al fin empezamos a bajar hacia el valle, con el miedo de llegar a un camino sin salida y tener que volver a remontar. Los caminos a menudo se convertían en simples canchales de fuerte pendiente, pero hay que ver la seguridad que da llevar la horquilla recién regulada en el taller: en La Pedriza me tiraba al suelo un simple camino con piedras, aquí pasaba por los derrumbes de piedrones tan seguro. Hubo que echar pie a tierra varias veces, y en uno de esos tramos de piedra suelta mis zapatillas se rindieron sonrientes, como las de Charlot, ni me había dado cuenta de que ya no me quedaba suela.
El camino se suaviza y entra de nuevo en los pinares, allí, con el relajo que da tener una hora más, entramos a buscar algún boletus, que Diego tenía el encargo de su chica de no volver sin uno para probar. Nico encontró uno y se lo cedió. Tras saltar algunas de esas altísimas vallas que hay siempre por Avila, llegamos al Río de la Yedra, que es por donde otras veces subimos, el monte cambia aquí y ya es de grandes robles, castaños y alisos. Una de las vallas anunciaba que es un centro experimental de reproducción del corzo. Así, con buen paisaje, buena temperatura y cuesta abajo fuimos llegando a la zona del coche, cómo mola bajar después de tanta subida.
Una ruta corta, 29 kms, pero altísima, 1.250 mts, lo que significa mucha subida en muy poco rato, los relojes medían a menudo porcentajes del 18 al 22%. Un día para no repetir a menudo por lo largo y lejano, pero mucha exploración, lo que se dice un día para los sherpas…

que decidimos pasar ya del deporte, que de forma estamos sobraos, y dedicar el dia a lo micológico. Encontramos unas bolsas de plástico y nos bajamos por los pinares a investigar. En un bonito prado entre pinos fuimos encontrando hasta seis grandes edulis, y un enorme Boletus Pinícola de más de un kg., qué abundancia, era como la cueva de Aladino, yo nunca había visto cosa igual. Los buenos hongos son raros, y siempre hay un jubilado más vivo o más desocupado que tú que se lo lleva en cuanto asoma, así que todos estos debían haber salido en un par de noches.
chazo inesperado. Subida al puerto del Reventón en una senda interminable, malísima de firme y con muchas curvas a derecha e izquierda, difícil para las piernas y para el equilibrio. A media subida pasamos a un chaval muy alto que iba entregado, ya empujando, y arriba del todo encontramos a sus compañeros, que estaban ya preocupados. Nos dijeron que pensaban seguir por la cuerda hasta Malagosto y bajar luego, según Ignacio ese es un trayecto horrible, de empujar y sufrir. Pero bueno, no les pudimos convencer, y cuando llegó el que les faltaba se fueron a encontrarse con su destino, momento que refleja la foto. No hemos leído hoy nada en el periódico, quizá al final no se los comieron los buitres.