Una prueba imposibleAntes de nada, celebrar las 5.000 visitas al Blog desde que le pusimos el contador (¡viva Contador!), es un gusto escribir los lunes sabiendo que hay gente que lo lee (leave a coment, please).

Llueve, detrás de los cristales llueve y llueeveee, como cantaba Serrat, qué bonita canción para escucharla, no tanto para vivirla en carne propia, nos perdimos el otoño por falta de agua y nos perderemos la primavera por falta de sol. Dentro de quince días entra el verano y salvo aquél amago que tuvimos en San Rafael hace cuatro o cinco rutas, tal parece que sigamos en invierno. Dicen los sabios agoreros que vamos hacia un clima global sin estaciones intermedias, del invierno se pasará al verano y viceversa, y por ahora lo están clavando…

Este domingo pensábamos intentar de nuevo la ruta Las Rozas-Escorial que se frustró por falta de tiempo, pero visto que el sábado aún no habíamos quedado con los Joses decidimos programar una ruta Machaca de las clásicas, Escorial-Abantos-Peguerinos-Cueva Valiente, 45 kms y 1.500 mts de ascensión, es decir, mucha subida pero firmes menos trialeros. Quedamos en El Tomillar Nico, Diego Rafa y yo, algunos otros están perdidos para la causa. Para hacer algo más variada esta pateada ruta comenzamos entrando en El Escorial, haciendo los primeros kilómetros por las calles del pueblo y recorriendo los monumentos y las zonas de copas. Salida por las cuestas de atrás hasta llegar al pantanito y los señoriales chalets que dominan todo el valle, ya se sabe que el pueblo es precioso. A la salida encontramos varios ciclistas de un club de los buenos, de los federado-depilados, que andaban buscando el camino de las famosas zetas. Nosotros por lo conocido hasta la carreterilla del puerto y al fin en Malagón, donde estos fieras nos cogieron después de hacer sus zetas y sus eses, llevaban fuelle más que sobrado.

Arriba niebla y frío, tanto que pasamos de la comida para buscar zonas más abrigadas. El paisaje estaba escocés, con todos los piornos florecidos hasta donde llegaba la vista (que era poco). En la bajada nos paramos en el refugio de La Cueva a ver un coche de recién casados que estaba envuelto en cinta dorada y lleno de pintaditas. Hasta ahí todo normal, pero además le habían robado la matrícula trasera para que los novios no pudieran escaparse por la mañana: ¡son cosas de muchachos!.

Para la comida yo me había envuelto cuidadosamente un buen trozo de Kiche Lorraine, iba todo el camino pensando en ella y me olvidaba del frio y la lluvia. Llegamos al camping de Peguerinos para comer y me pongo a buscar en la mochila, y oh gilipollas, la había olvidado en la mesa de la cocina. Esa fué la última vez que la ví, porque se la desayunaron mis niños. Pasé la gorra y los compañeros se enrrollaron, cayóTremenda sangría un sandwich de mortadela, chocolate, orejones, vamos, comí mejor que nunca. Inmediatamente a la pista de nuevo, y a tren hasta el desvío a Cueva Valiente, subida mítica del BTT y test del estado físico y técnico de los ciclistas. Las lluvias han acabado de arrancar el alfalto del camino y lo han convertido en una cuenca de arroyo llena de agua y cantos sueltos, lo que unido a sus fuertes pendientes lo convierten en una prueba imposible. Aún así solo echamos pie a tierra una vez, salvo Nico, que echó rodilla a tierra directamente y la desolló bien. Llegados arriba tanteamos un poco con la niebla, y nos dimos media vuelta para bajar a buena velocidad, castigando las suspensiSaxifraga Púrpuraones y los manillares.


Sacamos fotos de una flor rara que solo encontramos a mucha altura, aquí y en la Majadilla del Queso, según Nico una Armeria Arenaria. En el camino de vuelta nos tuvimos que apartar varias veces para dejar pasar a moteros salvajes, a estos deberían ponerles la gasolina a 3 €. Durante un rato anduve mentalmente bajo y descolgado, creo que con la frustración de la comida, pero finalmente lo superé y me puse al nivel del resto. De nuevo subida al puerto, el coche de los novios seguía allí, seguro que ya habían perdido el avión.

Arriba volvimos a encontrar a los fieras depilados, y también a un chico con una flamante bici de carbono de triatlón que había pinchado y no llevaba desmontables para sacar la cubierta (a quién me recuerda?). Le echamos una mano, porque aunque él fuera rutero y nosotros beteteros la solidaridad entre los biruedas funciona. Este incidente nos entretuvo lo justo para que Rafa se perdiera el aperitivo, porque ya los amigos le tienen prohibido que aparezca sin duchar.

Como resumen, 55 mojados kilómetros y 1.500 empapados metros de ascensión, y punto culminante en la subida fetiche a la cueva, esta es una ruta para valientes.