Sabado 5 de marzo. Antes morir que caer al grupo tres
Tras el paréntesis de dos semanas por el viaje a las Américas, vuelvo a coger (en Argentina este verbo es pecado) el blog para escribir la crónica de la ruta Avila-Villalba, que quedó pendiente. Habíamos decidido mezclarnos con otros ciclistas y asistir a la multitudinaria ruta que organizan todos los años los del Club Majadahonda, pero por desgracia no resultó tan multitudinaria y las plazas estaban limitadas a 200, así que el que se espabiló llegó a tiempo, y el que no, no. Al final quedamos apuntados Diego, Jose, Ale, Juannillo y yo mismo. La ruta tiene más o menos 86 kms, y el tema está organizado en tres grupos: los bestias federados, que hacen el recorrido picados y casi sin pararse a hacer pis (grupo 1), los "disfrutones" según decía la propaganda del grupo 2 (mecabuen los disfrutones, qué paliza), y los relajados del grupo 3, que van a su bola y a llenar la panzota en el avituallamiento. Diego Jose y yo fuimos al grupo 2 y Ale y Juannillo al grupo 1, perdón, al grupo 3.
Nos vimos puntuales en el aparcamiento de Villalba, recogimos las acreditaciones, el regalito (un Buff majete), metimos las bicis en la tripa del bus y nos sentamos al final, donde los gamberritos que cantan al conductor, pero no cantamos. Causó gran sensación la patacabra de Alejandro, creo que era la única entre las 200 bicis que se tenía en pie, otra cosa es que gustara o no. En general, creo que no. Había varias chicas o señoras, eso sí que es raro, algunas con pinta de ir relajadas, pero alguna también con los codos todos raspados y superpinta radikal, ¡qué miedo!.
El viaje sin mucha historia, nos pararon en las afueras de Avila y allí todo el mundo bajó su bici y se fué agrupando más o menos según lo planeado. Salimos todos juntos, pero poco a poco cada uno fué buscando instintivamente su lugar. Dice Ale que cuando miró alrededor y vió muchos con pinta de triperos cerveceros se sintió en su lugar, y ya no trató de progresar. A nosotros nos adelantaron varios que iban haciendo bunny-hops, dando saltitos arriba y abajo del bordillo o levantando caballitos, siempre he envidiado a la gente que sabe hacer eso.
Enseguida se entra en pleno campo, primero por grandes eras arboladas llenas de nidos de cigüeña, luego ya por paisajes más secos. Secos estaban también los caminos (era antes de los diluvios de la semana pasada), la tropa en grupo apretado iba levantando enormes nubes de polvo, y todos lo íbamos tragando bien, salvo los del grupo 1, que enseguida desaparecieron. A fin de respirar un poco de aire puro me esforcé en llegar a la cabeza, y allí me encontré a Diego, que echó un jarro de agua fría: no era el grupo 1, sino la cabeza del 2, a los otros échales un galgo. El camino hace una bajada tremenda por un zigzag lleno de baches, piedras y barro, allí el grupo se estiró y la gente se colocó según su nivel de locura y de aprecio por la dentadura.
Fuimos pasando pueblos hasta llegar a San Bartolomé de Pinares, puerta de la sierra, y a la salida de allí empezaron las dificultades con una subida tremenda en zigzag que nos recordó mucho a la de Matalpino. Yo me había parado en medio del pueblo para hacer una fotito a un caballo retozón, y cuando logré centrarle ví que todo el mundo se había ido y estaba solo, ni idea de por dónde se iba. Salí por varios caminos a varias eras y volví a entrar, y allí me encontré a un resignado que ya esperaba al grupo 3, pero le miré con desprecio (¡perdedor!) y seguí buscando, hasta que unas viejillas que estaban en taburetes a la puerta (solo les faltaban los bolillos), me dijeron que los ciclistas se habían ido por allí, estaban encantadas con el espectáculo del sábado. Salí pues a la gran cuesta, y con mucho resoplido logré alcanzar a los últimos ya arriba, desde allí miré y ví muy abajo al otro que empezaba a remontar la pendiente empujando la bici con paso cansino, anda que no te queda ná…
Como premio a la subida, primer avituallamiento, abundante y bien organizado: barritas, fruta, tartaletas de manzana y para beber todo sano y nada de cerveza, se ve que la guardaban para el grupo 3. Dejamos todo muy esquilmado y salimos antes de que llegaran los otros, no fuera que nos echaran el cara la insolidaridad. Al poco rato se entra en zona de pinares ya más tendida, y segundo avituallamiento, y rato después ya se llega a la zona de Valdemaqueda, ya conocida para nosotros (ver 03/26/domingo-25-de-marzo-no-hay-ruta-facil/). Allí son muchos kilómetros de subebaja por grandes pinares, el grupo se había estirado tanto que a veces pasábamos kilómetros sin ver a otros corredores. De cuando en cuando barrancas muy empinadas donde todos nos bajábamos salvo algún máquina que era capaz de hcer todo montado, a base de técnica y pierna, siempre he envidiado también a los que saben hacer eso.
Llegamos a Robledo y de allí en prolongada y exigente subida hasta Zarzalejo, allí me llegó un mensaje de móvil que nos comunicaba la luctuosa noticia del retiro de Juannillo, aquejado de insoportables calambres y pata de madera, no se puede luchar contra los elementos. Por fin último avituallamiento en el pueblo, y la gente ya disgregándose un poco por grupos para llegar pronto a Villalba. Nosotros aguantamos para llegar con todos. Cada vez que reemprendíamos la marcha un brutete de la organización iba gritando ¡vamos, que quiero ver culitos!, o ¡venga, arriba esos culitos!, yo procuraba alejarme, la noche anterior habían puesto por la tele Brokeback Mountain, y quizá alguno andaba revolucionado.
Al fin llegada al párking de Villalba, con la satisfacción de ver algunos del primer grupo que aún estaban montando en el coche, no nos sacarían tanta ventaja. Allí nos comimos un buen trozo de empanada dispuesta por la organización (esa sí que no quedó para los del tercero), nos despedimos de los del Majadahonda y les felicitamos por lo bien que habí aestado todo, y nos repartimos por los coches.
En fin, un buen tute de 86 kms y 1.600 de ascensión, una buena ración de polvo tragado y calor sufrido, y la lucha constante con la pendiente: ante todo, que no te coja el tercer grupo…
