Domingo 9 de marzo. ¿Quién habló de primaveras?
Tras el risueño y alegre artículo de la semana pasada parecía que lo peor del invierno había quedado atrás y a partir de ahora vendrían días templados y floridos. Con ese ánimo quedé con Rafa el domingo, Diego nos llamó pero no vimos su llamada, y al fin no pudimos conseguir más ciclistas, seguramente todos estaban reflexionando para votar con responsabilidad. Naturalmente cuando vamos nosotros solos, o cae La Pedriza o cae Río Moros, y esta vez fué lo segundo. Como el sábado había sido soleado y agradable decidí empezar la temporada de pantalón corto, y meter las mallas en la bolsa de la ropa de invierno, con la naftalina.
Amanecí pues el domingo y miré por la ventana, el cielo azul (ya empieza a amanecer pronto), pero vaya, un poco de aire en las copas de los árboles, qué raro. Por pereza no saco el pantalón largo, pero me llevo la vieja chaqueta de espumilla, más que nada por si acaso. Según íbamos pasando Villalba, todavía en terreno soleado, veíamos arriba la sierra cubierta por la nortada, y yo empezaba a pensar que me había equivocado con el vestuario. Llegamos al puerto de Guadarrama y aparcamos casi a tientas, porque allí pasaba de todo: niebla, ventisca y temperatura bajo cero, y yo con las patillas al aire, creo que nunca me ha apetecido tanto dar la vuelta y subir al bar a tomar un café. Nos sacudimos las dudas y montamos las bicis, hubo que hinchar las ruedas de rafa, y las manos se quedaban heladas aún dentro de los guantes.
Comienza la ruta con esos cinco kilómetros cuesta abajo en la ladera barrida por el viento, siempre decimos que en el Rio Moros se pasa frío, aunque haga calor. Al saltar la primera valla vimos que alquien había cortado el cerrojo con una radial: ¿ecologistas? ¿moteros? Por la actividad de poda y entresaca que vimos dentro suponemos que los culpables fueron los leñadores, seguramente se olvidaron un dia la llave del candado y no se anduvieron con chiquitas, estos hombres son rudos…
Pasamos por varios torrentes helados y al fin llegamos a la valla que cierra la zona protegida. A partir de ahí el valle es más abrigado, y además viene la cuesta arriba, así que el frío se hizo más llevadero. La niebla levantó un poco, y quedó una luz muy agradable, que hacía los colores muy vivos: parecía como si llleváramos puestas las gafas de cristales anaranjados. Muchos restos de poda en el camino y muy mal firme por el paso de las máquinas de orugas, pero por suerte nada de nieve en el suelo. Llegados a la parte alta decidimos no coger esta vez la subida a Marichiva, no estaba el dia para alegrías. Tampoco fuimos capaces de quedarnos a comer donde siempre porque el viento barría la cabecera del valle, así que seguimos hasta encontrar un rincón más abrigado.
Durante toda la ruta estuvimos viendo por el pinar grandes bandadas de pájaros, a veces cientos, a veces incluso miles, al pasar por algunos prados se levantaban como enjambres de mosquitos. Me parecieron pinzones (por las listas blancas al volar), y en efecto, veo ahora que marzo es la época de migraciones masivas de este pájaro, que curiosamente se separa por sexos para migrar. Ahí en la foto he puesto un link para interesados.
Ya de bajada y pasado el embalse decidimos endurecer un poquito la ruta haciendo la subida de la derecha, nos pareció tan dura como siempre, pero además tenía todo el firme levantado por las máquinas. De nuevo a la niebla y el frío de las alturas, arriba los pinos estaban llenos de niebla helada. Vuelta para abajo, y ya a buena marcha por la vía ancha y el pinar junto al rio Moros, con mejor visibilidad y temperatura. Delante de uno de los refugios había una curiosa silla de ruedas hecha con trozos de bici de montaña, seguramente un betetero con capacidades diferentes.
Ya de vuelta al coche, rápido a meter las bicis y a calentarse dentro, que el día había sido helador: ¿quién habló de primaveras?
