Domingo 13 de enero. Tan cerca de Madrid.
Para hacernos perdonar el exceso del domingo anterior fijamos esta vez una ruta no muy larga, y sobre todo cercana a Madrid, que nos permitiera volver pronto a casa. Elegimos Trescantos-Soto de Viñuelas-Pastaderos de Colmenar, un clásico que algunos llevábamos sin pisar casi dos años. Se apuntaron Nico, Rafa Alejandro y yo mismo, se borró Ignacio, por trasnoche inesperado. Dirá que a las 6,30 abrió el ojo y se acordó de nosotros. el sentido del deber siempre le despierta aunque decida quedarse en la cama. El objetivo era también descansar la rabadilla de tanto salto por la nieve, y tal como se veía la sierra de blanca a lo lejos fué buena decisión.
Por mi parte he empezado ya con la alergia a los cipreses, que este año me ataca al fuelle en vez de al ojo y la nariz. Dudé si venir, pero me animé con eso de que la mejor cura para los asuntos pulmonares es una buena paliza en bici con el aire helado. El tratamiento es mucolítico y expectorante, y si logras sobrevivir te quedas de lo más limpio por dentro. Pasé la ruta haciento trjém trjém, me decían que parecía Jordi Pujol.
A las 8,15 aparcamos puntualmente bajo el paso elevado y montamos las bicis, aún estaba amaneciendo. Alejandro no se esperaba el frío que encontró (-5º), así que tuvo que parar para echarse unas orejeras y cambiar sus guantecitos azules (a juego con el maillot) por guantes de nieve. Subimos el paso elevado con prodigiosa habilidad, sin bajarnos en las revueltas (a la vuelta no fué tan bien), cruzamos la carretera y tomamos el carril bici que va hacia Colmenar. Un par de kilómetros más allá los beteteros solemos dejar el humillante carril bici y salirnos hacia el campo, bajando al Arroyo de Tejada (parece un apellido ilustre) y sus choperas. Esta zona, que es el Soto de Viñuelas, está realmente pegada a Madrid y forma parte del Parque de la Cuenca Alta del Manzanares, parece mentira que esté tan cerca y tan salvaje. Según la leyenda la donó al pueblo de Madrid una marquesa caprichosa, que prefirió eso a construir chalets. Como eso resulta bastante increíble, me documento en la Wiki y averiguo que la finca pertenece en realidad al Banco de Santander y la familia Colomer, que en 2001 el Ayuntamiento intentó sin éxito comprarla por 180 mm de euros, y que dos constructoras han adquirido buena parte para hacer en Trescantos una Ciudad del Cine, hoteles y campos de golf. Son noticias preocupantes, esperemos que no lo consigan.
El camino baja durante un buen rato, la vegetación está helada y el frío mañanero se deja sentir. Se cruza el arroyo cinco o seis veces por vados de cemento y se llega a la tapia del Pardo, el coto de caza nº1, propiedad del Patrimonio Nacional, es decir, tuyo y mío. No nos apetecía cazar, así que nos limitamos a ir oteando las manadas de ciervos y gamos por encima de la valla y pedaleando por el caminito que la sigue, que es todo subibaja. Es un tramo bastante embarrado, pero estaba helado y se hacía bien.
El camino sigue rodeando la valla, cruzamos varios rebaños de vacas y entramos en zona más quebrada, con barrancos y caminejos en los que hay que empujar. Finalmente llegamos al Puente de la Marmota (no creo que haya habido nunca marmotas en Madrid), y pasamos a una zona muy bonita de monte mediterráneo, es decir, encinas, jaras, enebros y tal en la que se va más rato andando que montados. Los enebros deben de ser primos hermanos de los cipreses, están cargados de flor amarilla y sueltan nubes de polen cuando los agitas, esto me inmunizará, si sobrevivo.
Tras subir esas barrancas salimos a campo abierto y a la vista de Colmenar Viejo, y paramos a comer. Traemos muchos remanentes de las fiestas navideñas, mantecados, mazapanes y eso, son hipercalóricos y buenos para el ciclista. Vamos a investigar un camino para llegar a Colmenar porque desde allí se llega bien a los coches, vemos a lo lejos una ancha cañada entre las vallas de las fincas, allá será donde vayamos, aunque haya que saltar varios muros. Colmenar Viejo es aún un pueblo ganadero, se nota por dos detalles: porque todo el mundo tiene un todo terreno lleno de barro (que es como hay que tenerlo), y porque las cañadas ganaderas se conservan, y con su anchura original (enorme), los limítrofes no se han atrevido a írselas apropiando, como en casi todos los sitios. Llegamos a la carreterilla Hoyo-Colmenar y subimos varias zetas desde el río hasta el pueblo. Aquí nos adelanta un grupo de ruteros de Las Rozas, que giran los pies más despacio porque sus desarrollos son más largos, yo sigo pensando que la bici de carretera es más dura que la de montaña.
Bajamos a la vía del tren, atravesamos el pueblo por un feo polígono y salimos por el camino del cementerio, tras hacer fotos en una especie de ganadería de un caprichoso que tiene muchos animales raros, entre otros, búfalos de los de Ignacio y de los de verdad. Tomamos otra vez por los campos ya por la ruta que los del País llaman "Pastaderos de Colmenar". Son zonas muy abiertas con ganado, solemos ver allí aves esteparias (avefrías y sisones), pero esta vez no. Hay bastante gente cogiendo setas, pese a que estamos ya fuera de temporada: como el otoño ha sido tan seco, las de cardo han brotado en pleno invierno, en cuanto han caído cuatro gotas. Volvemos a las choperas del arroyo de Tejada y subimos al fin al carril bici junto a la carretera, completando una ruta majilla: 34 kms y 750 de ascensión.
Al volver a atravesar por el paso elevado, hay un percance: Rafa lleva exceso de confianza y al tratar de dar las curvas de la rampa montado, engancha el pedal y cae rodando con la bici por lo alto, muy espectacular pero sin consecuencias: peor hubiera sido caer a la carretera por encima de la barandilla… En los coches recogida de bártulos con buena hora (12,15), y corriendo para casa, sería injustificable llegar tarde habiendo quedado tan cerca de Madrid…
