Domingo 27 de enero. La sierra para el que la trabaja
Tras la masiva afluencia del domingo pasado, esta vez sudamos para conseguir cuatro ciclistas, dias de mucho vísperas de nada, que dice el sabio refranero. La cosa puede ponerse peor en los próximos domingos, porque parece que todo el mundo va a entrar en épocas de asuntos urgentes y laboriosos, que les van a dejar poco tiempo para la bici. Por de pronto, este domingo lo salvamos con la asistencia de Diego, Rafa, yo mismo e Ignacio, que se vino a una ruta corta antes de colgar la bici por por unas semanas, pues va a tener asuntos familiares que le ocuparán y sin duda esos son los verdaderamente importantes: que salga todo bien.
Como ruta cercana y para un tiempo limitado elegimos esta vez la Hoya de San Blas, otro de los clásicos madrileños, pasado Manzanares y junto al embalse de Santillana. Aparcamos como siempre junto al cámping, que cada vez tiene menos pinta de tal. Han puesto un cartelito en español e inglés que alude a unas indeterminadas "reparaciones", pero aquello está bastante abandonado, bueno, abandonado por los humanos, porque lo han ocupado en cambio las vacas y las cigüeñas. De estas últimas había miles, porque haciendo también caso al refranero las africanas han vuelto y se han juntado con las residentes formando grandes bandos que pasean por el prado, hice algunas fotos que parecen Benidorm en agosto.
De nuevo el pertinaz anticiclón ha hecho de las suyas y la mañana estaba soleada, con lo que poco a poco fueron llegando miles de madrileños a ocuparlo todo: los caminos a pie y en bici, las hípicas de la zona, es de suponer que también los restaurantes domingueros. No nos quejemos porque es movimiento y dineritos para la gente de allí, pero uno no puede evitar echar de menos los duros dias del invierno, cuando el viento y el frío dejaban a la gente en casita junto a la calefacción central y la sierra era solo para nosotros.
Salimos los cuatro por el camino que atraviesa toda la zona de monte bajo hasta llegar a la sierra. Es una franja de robledal y encina con muchos caminos, recintos de vacas (algunas bravas), hípicas y chalets en la que es fácil perderse, sobre todo si no te sabes el camino, o si crees que te lo sabes y no es cierto (Rafa, luego hablamos). A mí se me hace siempre un tanto desagradable, por lo complicado subibajante y polvoriento. Al fin entras en la zona de verdadera montaña y llegan los pinares y las rampas empinadas y pedregosas, esto sí es el lenguaje que conocemos. Al fondo se ve siempre el objetivo, la Hoya de San Blas, un circo de montañas de granito muy espectacular y con aspecto parecido a La Pedriza (en realidad está colindante). Llegamos arriba con bastante tiempo, y decidimos volver a tomar la senda del Collado Ventana, que vuelve hacia La Pedriza atravesando toda la Hoya. Normalmente es un camino solitario que conoce poca gente, ayer estaba petao de ciclistas. Rafa, que es más querencioso que una vaca, se quedó a mitad a tomar el fresco (como hace siempre), los demás seguimos hasta el comedero de los buitres a ver cuál era esta vez el menú: de nuevo cuero reseco de vaca, esperemos que lo que falta se lo hayan comido los buitres, porque si no los pobres van a quedarse bien desmejorados.
Nos alejamos de allí lo suficiente para comer y nos reunimos con Rafa (el camino del Collado Ventana es de ida y vuelta, no circular). Todavía el menú arrastraba los remanentes navideños, claro que mejor eso que el menú de los buitres. A la vuelta pasamos por el puesto de forestales que tan alegre y juerguero parecía en julio. Esta vez no había paelleras colgadas de los ganchos, la red de voleibol estaba caída en el suelo y solo quedaban dos sillas blancas juntas y puestas cara al valle. Me recordó esas grandes casas donde han vivido muchos niños y al final solo quedan los abuelos sentados mirando a lo lejos. Aquí el caso es distinto, porque con el verano llegarán de nuevo las plantillas reforzadas y las alegres noches, estoy por preguntar a Esperanza dónde se apunta uno a ese penoso trabajo.
Como el objetivo era volver pronto, nos lanzamos ya hacia abajo y ni nos paramos en el desvío que vuelve a subir a Morcuera, eso hubiera añadido al menos una hora más a la ruta. En la red de caminos Rafa (como digo, a su querencia), se pasó los mismos dos cruces que se pasa siempre, pero oyó los gritos y se volvió. Llegados al coche examen de dispositivos para sacar los datos de ruta, 40 kms y 850 de desnivel, en la media habitual. Venga a esquivar familias bicicleteras o paseadoras, y luego en el camino de vuelta atasco desde Manzanares a la A6, mucho movimiento, eso es bueno, pero te hace añorar los días en que la sierra era para el que la trabajaba..



