Domingo 19 de noviembre. Frío y despejado.
Volvimos el domingo a una de nuestras zonas favoritas, que la teníamos últimamente bastante abandonada: la Sierra Pobre de Guadalajara. Asistencia casi masiva para lo que se estila últimamente, Rafa y yo, Ignacio, Diego, Nico y Jose, que por fín se reincorporaba tras sus viajes a Londres. Alejandro, después de prometer venir nos dejó por un partido de paddle que le cayó por la tarde, con la excusa de estar fresco. No sabe que aquí algunos hacen bici por la mañana, paddle por la tarde y piscina cubierta por la noche, para encontrar el punto adecuado.
Día soleado pero helador, con 8,5º bajo cero marcados en los coches. El dia estaba soleado pero el nubarrón viajaba encima del grupo, porque las heridas de la ruta del duro páramo castellano demostraron no estar en absoluto cerradas. Tras varios rifirrafes la cosa acabó mal y Jose se dió la vuelta, la gente tiene que hablar o esto no irá bien. Como decía Forrest Gump, "y no quiero hablar más de esto…".
Nos tapamos narices, orejas y resto de apéndices y salimos valientemente a cruzar el Pontón de La Oliva, pisando escarcha y haciendo ruidos crujientes. Cuando la ruta empieza con un largo tramo de bajada se te suelen helar las manos, pero cuando es subida y aún así te sientes como si no llevaras guantes, es que hace frío de verdad. Durante toda la ruta vinieron bien las chaquetas, en las cumbres soleadas la temperatura subía bastante, pero al volver a bajar a las umbrías del río nos encontrábamos de nuevo la escarcha, hubo zonas donde no desheló en todo el día.
Comenzamos la primera ascensión por el camino de Alpedrete, bordeando campos de olivos, unos abandonados, otros bien cultivados, todos llenos de aceituna casi para recoger, si las heladas no las acaban antes. Se corona por allí el farallón rocoso donde vienen muchos alpinistas a practicar, de momento había poca gente pero a la vuelta estaba el aparcamiento lleno de coches. Aún íbamos fríos y con ganas de pedalear, así que esta vez ni nos desviamos para ver el paisaje. Poco más allá, nada más pasar un depósito del Canal, vimos en un lado del camino un gran bulto con forma sospechosa: o era un fiambre dejado allí por la mafia, o era un montañero pasando la noche. Vaya ganas, tirado en la grava del camino, sin tienda de campaña y envuelto por completo en un grueso saco de dormir estaba el pobre aguantando la helada, y encima pasan los ciclistas charlando y haciendo chistes para despertarle. Hice una foto, porque de verdad merece la pena, lo mal que está la gente. Dale que dale, sorbiendo la moquita y suspirando cada vez que pillábamos un parche de sol nos llegamos hasta Alpedrete. Ninguna chimenea encendida en el pueblo, no había humo, no olía a pan, la gente seguro que metida bajo el edredón esperando mejores horas, así que no entramos al pueblo, salimos hacia el camino del Canal, otro día entraremos a tomar un caldo, cuando no haya que despertar al mesonero para ello.
Otro rato de pedaleo y subidas y llegamos al desvío que sale más allá de Valdepeñas de la Sierra. Tomes derecha o izquierda, los caminos se adentran en la sierra solitaria, y ya no hay más rastro de vida humana en muchos kilómetros a la redonda que algunas casillas forestales y viejas cuadras derruídas. Como su nombre indica, el terreno es pobre y solo hay algunos campos ralos de cereales, unas pocas colmenas, y en el monte pinos, muchos pinos. Nueva dificultad montañosa y a bordear el río en breve bajada, hasta que al fin comienza la verdadera dificultad, la subida larga y penosa hasta el Collado Santo (creo que se llama así). Lo hemos hecho en las dos direcciones, y siendo la misma altura, en esta se hace más llevadero. Hace unos años alguien tuvo el detalle de plantar cerezos cada tres o cuatro metros a lo largo de toda la subida, han arraigado bien, dan flores y cerezas y en el futuro darán sombra. Una vez arriba, breve comida viendo el paisaje, hay que llegar pronto al coche. Todo lo que se sube se baja luego, así que larga y divertida bajada, con el cuerpo helado y la bici patinando en el camino reseco. Nico revienta rueda pero nos damos cuenta luego, cuando ya estamos abajo, hay que esperar.
En esta zona sí había bastantes ciclistas explorando, se nos unió uno de Patones de Abajo (dice que en el de Arriba solo viven los turistas), y charlamos con él durante la bajada hasta la presa de la Parra. Allí siguen el pino caído, el derrumbe tapando el camino (ved posts anteriores), todo igual, a esta zona perdida no llegan los Presupuestos de la Comunidad, a nosotros nos parece estupendo. Al fin el camino que bordea el río Jarama con sus misteriosas alisedas, sus vacas (cada vez menos, creo que también emigran a la ciudad), la pestosa subida final y al fin los coches. Como había prisa renunciamos a bajar por el camino de la Cueva del Reguerillo, carretera mientras se pueda.
En total 48 kms y 1.300 de subida, pero muchas más calorías perdidas de las que hubieran sido normales, pese a los nubarrones interiores, el dia estaba frío y despejado.

Os tapasteis narices, orejas y resto de apéndices? Qué otros apéndices teníais al descubierto? Con el frío que hacía a quien se le ocurre…
Comment by Ale — 19 November 2007 @ 10:40 pm
Ale, no seas mal pensado; por lo que a mí se refiere eran los apéndices digitales que, como todos saben, son aquellos en los que se me concentran todas las frigorías existentes en varios kilómetros a la redonda.
Comment by quitanieves — 20 November 2007 @ 1:47 pm