A lo lejos el objetivo,  La Bola.Siempre pasa lo mismo, uno se resiste a reconocer que el verano ha terminado y a sacar la apolillada ropa que quedó en el fondo del armario allá por marzo, así que un día que promete ser soleado y caliente llegas al inicio de la ruta y ¡zás!, hace 4º y tú estas en camiseta, pantalón corto y guantes sin dedos. Eso fué lo que nos pasó el domingo, o por lo menos a mí, otros fueron algo más prudentes. Se anunciaba un día de sol sin nubes en pleno anticiclón, pero hay que recordar que en esta época otoñal las noches son muy frías y el sol tarda en calentar. La subida a La Barranca desde la carretera de Cercedilla a Colmenar va por valles muy sombríos, pasa como con la ruta que remonta desde Cercedilla hasta la cabecera del valle por la falda norte: si cierras los ojos y las visualizas te baja la temperatura corporal varios grados, y te dan ganas de abrazarte al radiador de casa.

Pues nada, nos citamos poco más allá de la rotonda del meño de granito Ignacio, Diego, Rafa y yo con los nuevos, Juannillo y Alejandro. Había curiosidad por saber cómo les había sentado a estos el Camino de Santiago, recordemos que a Diego en su dia le transformó de ciclista discreto en Machaca Tronchacadenas. Ciertamente han mejorado, ya no tienen respeto por las canas y se permiten el lujo de llegar arriba con el grupo. Menos mal que siguen trasnochando, si no les entrarían ganas de humillarnos, y eso sí que no.

La primera parte, como decimos, con un frío inesperado, tiritando por el valle sombrío y viendo las cumbres soleadas allá arriba, demasiado lejos. Todos charlando sobre el GP de Brasil y viéndolo muy negro, vamos, muy de Hamilton. Alguien, no recuerdo si Diego o Juan, soltó lo de que iba a ganar Ferrari y le callamos por alucinao, el que haya sido que lo diga, que le vamos a encargar que compre la lotería de navidad. Subiendo a lo tonto nos fuimos calentando hasta pasar el pantanito y llegar a la zona que han habilitado con tirolinas y pasos aéreos para los campamentos de críos, allí daba el solete en un tramo como de 200 mts., lo que nos animó un poco y nos dió fuerzas para coger la subida hasta el primer mirador. Los nuevos iban avisados sobre lo duras que son las rampas de los últimos dos kms., pero da igual, siempre te sorprenden. Una vez arriba, primer cátering y a replantear la ruta, que no la teníamos muy clara.

El comienzo era como para haber hecho la Triple Imposible, es decir Barranca Calvario y La Bola, pero bueno, íbamos sin límites mentales, si nos apetecía más lo hacíamos, y si nos apetecía menos pues también. Por supuesto, nos apeteció menos, así que ya nos íbamos preparando para dar el tijeretazo a la última dificultad, cuando no viene el Sherpa nos relajamos, aunque como luego veremos el Sherpa II tiene también esa inquietud interior que les impide estarse quietos. Larga bajada por la pista resbalosa en la que el frío volvió a morder las carnes, y el tramo por la estrecha carretera entre los coches hasta llegar al Ventorrillo, menos mal que solo son 300 metros. En la estación de mantenimiento ya tenían preparado y recien pintado el camión quitanieves, esta Esperanza qué previsora es. Saltando la barrera de la pista donde empieza El Calvario nos rodeó un bando de pájaros de color pardo con el obispillo y los sobacos verdes, me preguntaron qué eran y yo dije que piquituertos, con lo que se montó un cachondeo general, vamos, tenían claro que me tiraba el moco, y el más descreído era mi propio hermano, ¡et tú, Alejandre!. Adjunto foto que lleva un link para convencimiento de los escépticos, es curioso el motivo de su nombre.Piquituerto hembra

Todo el mundo sabe que subir El Calvario sin echar pie a tierra es el verdadero sobresaliente cum laude del BTT madrileño, pero esta vez había muchísimos ciclistas y las torrenteras estaban secas y pedregosas, así que todos nos quedamos en el aprobado raspado: varias bajadas y empujones de bici, y al final allí llegamos a los apartamentos de Navacerrada, donde cayó el segundo cátering. Nueva negociación para decidir si se subía a La Bola, porque el tiempo, y sobre todo las fuerzas, iban algo justas. Ale decidió el tema pinchando in situ, con lo que ese cuarto de hora que tardamos en arreglarlo imposibilitó absoluta y totalmente el que emprendiéramos la aventura (muchos uf de alivio bajitos…). Nos dimos la vuelta para bajar de nuevo, pero viendo que entraba en el camino una excursión con decenas de niños y profes, decidimos que mejor los peligros de la carretera que los de tanta infancia, y tomamos el descenso del puerto con muchísimo cuidadín. Cuando uno ya se lía  a bajar es difícil cambiar de idea, así que lo de volver a subir Barranca lo desechamos casi sin pensar. Bueno, no, es que Juannillo estaba muy cansado. Por último, en el cruce a Cercedilla el Sherpa II no pudo resistir tanta molicie, y nos obligó a tomar hacia la ermita de San Antonio, engañando a los nuevos sobre lo fácil y llano que es el desvío. Esas rampas son matadoras, pero el lugar es muy agradable para excursiones románticas, así que se les convenció fácil.

Por último llegamos al pueblo de Navacerrada, vimos el mercadillo de antigüedades (muy recomendable) y paseamos por las calles. Había solecito, buen rollo dominguero y bastante gente con sus mejores galas tomando tapas en las terrazas, desde luego, cualquiera se lo monta mejor que nosotros. Ignacio nos llevó por unas calles laterales, creo que sin saber dónde iba, pero milagrosamente acabamos en los mismísimos coches.

Pese al recorte de recorrido salieron 950 metros de ascensión y 29 kilómetros. Para la próxima vez habrá que dejarse de pantaloneta y camisetilla y abrigarse bien, no sea que, de nuevo, los primeros fríos nos pillen en bolas…