La Cuesta ImposibleHay dias raros, días en los que sin ninguna razón de peso, pero por muchas pequeñas razones, las cosas se van torciendo poco a poco, y lo que planeabas como un dia agradable se va convirtiendo en un dia más y más duro, y acabas sufriendo cuando esperabas pasarlo tranquilo y relajado. Ayer nos buscamos una ruta teóricamente asequible y no muy lejana, la circular de La Granja. Algunos teníamos condiciones marcadas en casa: yo salía de viaje a Toledo para una comida, y Nico quería volver pronto, así que la cosa era estar en los coches de vuelta sobre las 12,45. La ruta elegida parecía encajar bien con lo buscado: a 45´de Madrid, un recorrido mediano de exigencia y un paisaje verde que te anima a pedalear. Nos juntamos Nico, Jose, Rafa y yo, el resto ausentes bien por F1 (ese si que fué un dia aciago), por compromisos familiares, y los nuevos porque parecen haber descubierto lo de los entrenamientos secretos, y solo llevan tres dias.

Empezamos, como siempre, frente al museo del vidrio, a las 8,30. Por dar variedad a esta ruta conocida decidimos hacerla al revés: en vez de salir por el maravilloso camino de robles, ir a la carretera y entrar a los páramos. El dia estaba gris y triste, con ese extraño ventarrón que vayas de ida o de vuelta, al norte o al sur, siempre te da de cara, es un fenómeno a estudiar por los meteorólogos. Ya de salida nos costó encontrar el paso a la carretera, entramos en unas urbanizaciones y luego en un polígono, y hubo que bajar por los terraplenes hasta la cuneta. Subibaja de carretera, y entramos en los llanos abriendo la primera de ¡15 portillas 15! (las conté por curiosidad). Este camino al revés resulta muy distinto: en la otra dirección la salida por el bosque te alegra el ojo y ya vas contento todo el dia (ved el post "Un viaje a Escocia"), aquí los primeros kilómetros por lo pelao, con pésimo firme y cuestas muy malas te dejan ya fastidiado. El terreno muy seco y amarillo, parece no haber caído ni gota. Bandos de perdices concentradas en los pocos regatos con algo de agua.

Sube, esquiva piedras, abre portillas, empuja contra el viento y al fin llegamos a lo alto de la sierra, pero hace tanto viento que no apetece ni pararse a comer. Seguimos hasta las dos cuestas imposibles (ver foto), esas que alguien recuerda que alguna vez alguien logró subir sin bajarse. Debía ser cuando estaban recien arregladas, porque ahora, con un firme de arena y grava suelta, son misión imposible. Empuja y mete riñón, y arriba del todo el viento que va para Segovia ya casi nos lleva con él, hay videos para apreciarlo.

Al fin llegamos a una NAVA entre dos cuestas y allí hicimos la comida al resguardo. Ya han llegado las buenas uvas blancas, y no hay nada mejor para el ciclista: están frescas, dulces y gratificantes, y van directas a la pierna, te dan gasolina. A partir de ahí entran las prisas, está claro que llegaremos muy justo al horario marcado y ya es peor volver que seguir, así que Nico y yo apretamos pedal y nos adelantamos mirando por encima del hombro a ver si nos siguen. Jose se queja de problemas en la suspensión: la lleva fláccida total, la suspensión digo, y yo voy nervios porque el tiempo se escapa. Rafa nos empieza a llamar con el móvil ante cada mínimo desvío o cortafuegos, hasta cinco llamadas nos hizo (lo que se dice pasarse o no llegar). La bajada por ese lado tampoco es franca, hay tanto subibaja y tan pésimo firme, que casi te parece subida.

En la portilla del Ignacio Cabreado ya llevábamos casi una hora de retraso sobre el horario, yo andaba cardíaco. La portilla se llama así porque es histórico que allí Ignacio cogió el único rebote que le hemos conocido, con lo tranquilo y buena gente que es. Otro dia contaremos porqué fué.

Al llegar a la última portilla, la de entrada al robledal, vimos que la habían blindado: candados, cadenas y un montón de matos secos de espino, hace falta ser cabrito. Escalada, bicis por arriba y Rafa y yo tiramos para el coche, Nico quedó esperando a Jose. Llegada tarde, tardísimo, y en casa ducha de diez segundos y para Toledo, con la lengua fuera. Nico tuvo el detalle de llamar por la noche para saber si la sangre había llegado al río, pero no fué tanto.

En fin, uno de esos dias en que todo se junta: las prisas, el mal firme, el viento y el tiempo gris, averías y despistes, el paisaje duro, y tal y tal, pero esos dias también hay que vivirlos, porque como decían antes, forjan el carácter de los hombres del duro páramo castellano..