La serpiente multicolorY ya era hora de que así fuera. He estado haciendo un poco de hemeroteca, y veo que al menos desde el 18 de junio (dia aciago de rutilla vergonzosa por el Rio Moros), el modo de comenzar los artículos era invariablemente el mismo: queja por lo vagos que están los ciclistas, por la relajación general de las costumbres y porque aquí solo pedalean cuatro. Ayer el pelotín volvió a convertirse en pelotón y daba gusto verlo por esos caminos, tanto que no me he resistido a ponerlo como portada. Se acabó definitivamente el verano y volvió la gente a sus deberes, no había rollos de bacon, o había camisetas lo suficientemente holgadas como para disimularlos. Diego se marcó el detalle y nos regaló un CD hecho por su hermano Raúl (cómo se parecen ahora que veo foto), recogiendo el mítico fin de semana en Cazorla, con mapas Google y todo. Está bien chulo.

Se eligió quedar en Braojos, un pueblo al pie de la Horizontal que da mucho juego, porque se pueden hacer rutas más o menos duras según las ganas y la preparación del personal. Al menos cuatro de los presentes llevaban como dos meses sin tocar una bici, así que se optó por algo no muy duro: Braojos- Peña Quemada-Linera y vuelta. Nos vimos junto a la iglesia casi amaneciendo, el pueblo era nuevo para Ale y Juannillo, claro que para ellos casi todo es nuevo. Juan y Nico traían los ojillos casi cerrados, pero por causas distintas: el primero no se había acostado, disfrutando de "La II Noche en Blanco de Madrid" (dice que nada del otro mundo), y Nico en cambio traía una conjuntivitis vírica que le ha traído su hija desde Brasil, qué regalo más majo. Dice que por las mañanas necesita una espátula para abrir los ojos, pero no le dejamos seguir contando, acabábamos de desayunar. Juan ha decidido pasarse a los ciclistas serios y le ha extirpado a su bici la pata de cabra, la de Ale es ya la única que va cargando con ese humillante apéndice.

La gente fué saliendo por las calles y enseguida se oyeron ladridos y griterío: hay un perrajo cabrón en el pueblo que ha cogido la costumbre de apostarse tras una esquina para morder los tobillos a los ciclistas. Le eché una foto estupenda, enseñando solo el hocico y un ojo mientras me esperaba taimado, pero no se porqué no salió. Lo sentí, porque hubiera ido de cabecera del artículo. Salida por los bajos del pueblo y enseguida las primeras zetas que te hacen subir piñones, Ale ha aprendido a hacerlo, esta vez no dobló platos. En las eras había bastantes ovejas y un pastor muy majete. Encontramos pastores a menudo, y la falta de conversación los hace de dos tipos: unos se acostumbran al silencio y no quieren trato, otros no se resignan y pegan la hebra que es un gusto. Este era del tipo supercomunicativo, se dejó echar la foto y dijo que pusiera que es el Pastor de Braojos. Dicho queda.

Al rato se entra en la parte de bosque, esa subida es realmente bonita: va paralela al río y está toda arbolada de robles y pinos, pero el terreno es algo abierto y se ven muchos helechos y arbustos. El sábado había llovido en abundancia, así que los caminos ya no estaban polvorientos, sino con el grado justo de humedad que hace que la bici se agarre, sin llegar a formar barro. Olía de maravilla, tanto que yo pregunté si alguno había tenido el buen detalle de afeitarse para venir a la bici, y no era así: era natural. En ese momento me quedé sin pila en la cámara y me acordé de mi hijo, que me ha llenado la tarjeta de fotos con flash de un muñequito de plástico desde varios ángulos: él es un artista. A partir de aquí, el responsable gráfico es Juannillo.

Llegando ya arriba del puerto notamos un fuerte olor a jaula del zoo, y pocos metros más adelante vimos que el terreno estaba todo levantado por las hozadas de los jabalíes. La zona los tiene en abundancia, tanto que una vez hace dos años levantamos una piara como de 25 que se vinieron un rato gruñendo y corriendo por delante, por detrás y cruzando por enmedio, fué un rato de emoción y peligro. Una vez aquí elegimos el cortafuegos y ya fuimos por la cresta hasta Peña Quemada, donde paramos para comer. Alejandro marcó un hito más en la escalada de caterings originales, y sacó seis quesos frescos Burgo de Arias, uno para cada uno. Así se hacen amigos. No tenía en cambio platitos y cucharitas, así que tuvimos que comerlos hozando, como los jabalíes.

Un rato más juntos y enseguida le entraron a Rafa los agobios de volver al aperitivo, y yo me tuve que amoldar. porque iba en su coche. Allí les dejamos y cogimos la larga bajada, verdaderamente gozosa con el piso húmedo. En resumen nosotros unos 650 mts y 30 kms. Los demás se quedaron negociando sobre si bajar a Prádena de Segovia, con su famoso sabinar (opción dura, luego hay que volver a subir), o seguir hasta el monte Linera, que tiene solo algún repecho más. Decidieron lo segundo, que tras tanto tiempo parados no hay que tentar la suerte, y llegaron a los 38 kms y 750 mts.

En fin, esta fué más bien una etapa de transición, lo importante era reencontrarse y coger forma, para volver a salir en grupo nutrido, como en los viejos tiempos…