La conversión de SauloBueno, en esta época el paisaje está bastante seco, pero el título no es por eso, sino porque llevamos una racha en la que a duras penas conseguimos juntar tres ciclistas para mantener la actividad dominical. Primero hablábamos del núcleo duro (6 o 7), luego  hubo que hablar de núcleo granítico (4 o 5), y últimamente nos estamos quedando en el mismísimo diamante (2 o 3). Como sin duda volverán los buenos tiempos y volveremos a juntar a ocho o diez en una excursión de varios dias, recordaremos los domingos post-verano como la travesía del desierto.

Los auténticos beduinos, esos que encuentran placer en la sed y el sufrimiento, los que no se dejan ablandar por la cama, la piscina, las motos o los banquetes de boda, se volvieron a juntar el domingo para hacer una ruta inédita para el blog, no para los ciclistas, que la han hecho ya cienes de veces: la subida al chorro de San Mamés. Para los que no recuerden, es la ruta famosa por la anécdota de las gafas del Sherpa: se bajó al río a beber y las gafas se le cayeron y se fueron rio abajo. Otro hubiera renunciado a ellas y aprovechado para cambiar de modelo, pero él se remangó las canillas y se metió en el agua, y se tiró como media hora levantando piedras, hasta que halló un cristal. Le sacamos del rio y se vino, pero tenía el asunto en la cabeza, así que el sábado siguiente volvió a subirse la montaña en bici y a echarse a bucear, hasta que salió con el otro cristal y la montura. En fin, qué ejemplo, a nuestros abuelos les hubiera encantado, a nuestros hijos les parecería más bien que le falta un tornillo, los tiempos están cambiando y no es para mejor.

Salimos a eso de las 8,15 de Lozoya, desde el restaurante-pajar que hay a la salida y en el que te clavan. Nada más salir hice unas fotos del pantano fantasmal subido en un muro, pero los muros allí son de piedra redonda y sin argamasa, así que se deshizo encima de mis pies y me dejó el dedo grodo bien morado para toda la ruta. Traía idea de reconstruirlo a la vuelta, pero se me olvidó.

El camino va subiendo por todo un valle lateral al principal (el del Lozoya), y atraviesa dos pueblos, Navarredonda y San Mamés. Comienza con pastos abiertos, robledal y pinar, subiendo a la vista del pantano. Las primeras rampas son muy duras y te dejan ya caliente para el resto de la jornada. Estos pueblos están cada dia mejor cuidados y restaurados, mucho madrileño ha cogido allí una casita o pajar como segunda residencia. A esas horas tempraneras huele a hoguerita y desayuno y da gusto andar por ellos, así que nos metimos dentro y bajamos hasta el ayuntamiento. Se sale por las eras polvorientas (ahora) y se toma el camino que hace unas rampas en curva famosas, son una prueba de técnica y de pierna. Luego llegas a la fábrica de quesos de cabra artesanos, han puesto un corral con cabras lustrosas para que el turista las vea y se crea que la leche sale de allí.

En vez de subir directamente hasta La Horizontal seguimos a la derecha en dirección a Braojos, para buscar nuevos caminos. Fué buena idea porque encontramos uno bien fresco y sombrío que tira para arriba, siempre por bosque. El sol entraba por las copas y hacía extraños efectos, como el que se ve en la foto: también pudo ser un segundo intento de abducir a Ignacio, pero se ve que como esta vez iba acompañado los alienígenas se cortaron. Aunque íbamos a buen ritmo había tiempo para charlar, así que Ignacio sacó su formación clásica y nos contó la cosa de las Aporías de Zenón, un tema que bien explicado resulta entretenido. A media ladera encontramos unas vacas y el ganadero, que les estaba echando sal, nos orientó sobre cómo subir hasta el chorro por la nueva ruta.

Al llegar arriba, y como con las extensiones llevábamos ya buena paliza y mal horario, seguimos por la horizontal baja y renunciamos a seguir hasta la verdadera Horizontal, otro dia nos pillará con más ganas. Al final y con la variante tuvimos una buena ruta de 37 kms y 1030 mts de desnivel, suficiente para los beduinos que están haciendo la travesía del desierto…