Domingo 24 de junio. Por fin llegó el verano.
Tras nuestra apañadita (por no decir otra cosa) ruta del domingo pasado por el Rio Moros, que nos hizo tocar fondo en cuanto a exigencia física (claro que por imponderables mecánicos), había interés este domingo en sacarnos todas las espinas y volver a hacer una machada de esas que nos marcamos de cuando en cuando. Curiosamente, solo acudieron a la convocatoria tres ciclistas más el cronista, no quiero pensar mal, seguramente todos tenían el justificante de ausencia firmado por la familia o el parte de baja del médico de cabecera (algunos tienen enchufe para conseguirlo), pero en fin, no los hemos visto todavía. Diego tenía la excusa mecánica, tras el desastre que montó en su bici el domingo anterior. Es lo que tiene ir con material de la NASA, subes más rápido que nadie pero en caso de avería tienes que esperar semanas. Como la salida es lejos y veníamos poca gente, fijamos concentración a la salida de madrid, en el Diversia, a fin de juntarnos e ir compartiendo gasolina y conversación. La ruta planeada era una de esas míticas de muchos kilómetros y mucha subida, la Atazar-Puebla de la Sierra-Atazar. Esta ruta, como todo el mundo sabe, recorre a media altura los valles solitarios y pelados de la sierra negra, sube varios puertos como el de La Puebla y el Collado de las Palomas, y te deja con la lengua fuera (y polvorienta) otra vez el el pueblo del Atazar. Es ruta muy clásica que la mayoría hemos completado varias veces, y en la que otras tantas nos hemos tenido que dar la vuelta por nieve, o por falta de tiempo. En esta ocasión teníamos la confirmación de alternativa de Juannillo, que salió de la encerrona con soltura y por la puerta grande, sin descolgarse en los puertos ni flaquear. En un par de rutas más seguramente nos hará flaquear a nosotros. No encontramos nieve esta vez, más bien todo lo contrario: el día fué caluroso, polvoriento y reseco, aunque había florecillas y se circulaba a gusto por los tramos de bosque. Estuvimos de acuerdo en que es ya una de las últimas veces en esta temporada que se podrá venir por estos andurriales sin pillar una deshidratación asegurada. La gente está cogiendo las manías farmacéuticas, y hubo embadurne general de crema solar, qué vamos a dejar para agosto… Salida del pueblo del Atazar, con acuerdo de iniciar ruta en dirección agujas del reloj, es decir, bordeando el río hasta la zona recreativa y comenzando con la primera dificultad montañosa de la subida del pinar, una bagatela en comparación a lo que viene después. Se comienza, ya sabéis, con la primera subida radical nada más salir del pueblo, lo que ya te deja los riñones calientes, y luego la larga bajada hasta cruzar el río, y ya "comienza puerto". En la subida al puerto de Puebla nos alcanzaron unos de un club de Coslada, ya sabéis, mucho olor a linimento, mucha pierna depilada, mucho colorín de camisetas y mucho ruido de frenazos y saltitos, pero estuvimos de acuerdo en que no tenían buen rollo, eran algo bordes. Y tampoco eran nada del otro mundo, subimos entreverados con ellos y seguro que con menos resoplidos. En cambio coincidimos también con otro veterano, este rutero, que iba por la carreterilla hasta el puerto, y le volvimos a cruzar luego nosotros ya
bajando y él aún subiendo. Presumía de mayor, pero no parecía tener mucho más de 50, vamos, un chaval. Como ya he avanzado, el camino estaba precioso, muchas flores, los robles muy verdes y las fuentes con mucha agua, pero daba la sensación de que en quince días todo cambiará, y el verano caerá a plomo. Las moscas seguro que lo presientes, porque estuvieron más pesadas que nunca, como se ve eran verdaderos enjambres que se venían con nosotros, y juro que no le pusimos a Nico mermelada en el casco para hacer la foto. Coronamos al fin el puerto de la Puebla e hicimos allí el cátering echando de menos a nuetra amiga la apóstol del ecologismo, que esta vez no estaba. Tampoco había aún chalets adosados en Puebla, ni rastro de obras de cimientos. Una de dos, o su labor ha tenido éxito, o la crisis general del sector inmobiliario que vivimos estas últimas semanas ha hecho que el promotor se lo piense un poco mejor. NUeva bajada por la carretera, nuevo desvío por el camino y largo subibaja por las laderas del valle, ahora ya entre robles y disfrutando mucho de la soledad de aquellos lugares, siempre lo decimos. Otro signo del verano que llega, rellenamos agua varias veces en las fuentes y la gente se mojó la cabeza, realmente apetecía. Ya bastante quebrantaditos tomamos la última subida al Collado Santo, metiendo más o menos molinillo y haciendo más bien la goma, y allí le dimos las dos orejas al casi debutante, que se las había ganado. Bajada por el rebollar hasta el río y últimos repechos para entrar en el pueblo del Atazar, para que Juannillo conociera la iglesia y la plaza, aunque hay que reconocer que no son gran cosa. Nos encontramos allí con varias reuniones de moteros de varios tipos, los Harley de toda la vida, los Suzukis de motarras enormes y tal y tal. Se vienen desde Madrid gastando gasolina y rueda para tomarse una cerveza en el pueblo, hay gente pa tó. Nos mezclamos entre ellos tan a gusto, nosotros con las camisetas de algodón y ellos sudando a chorro en los monos de cuero de colores, no nos cambiábamos por nada del mundo. Bueno, quizá cambiábamos nuestras monturas por las de ellos, pero es que los principios tienen su límite, hay que reconocerlo. Ya en los coches vimos que los de Coslada se habían marchado, seguramente habían hecho menos ruta que nosotros, nos repartimos y salimos para casa. Bueno, algunos quisimos ver un poco más de paisaje antes de ir a Madrid, y yo por eso me tiré a la derecha en vez de a la izquierda en el desvío de lo alto del pantano, es que hay que reconocer que el cartel está puesto con muy mala leche, te dice a Patones o a Torrelaguna, y yo quería lo segundo, ¿no?. El haber pasado por ese cruce más de veinte veces en coche en bici y andando no es óbice para volverse a plantear el tema cada vez que llegas, ¿no?. Vamos, que como lo dice el diccionario yo tuve que cumplir con mi fama y me fuí por donde no es, menos mal que me entraron las dudas y dí enseguida la vuelta. En fin, fué el detalle simpático del dia, ¿no?. Pues nada, en resumen, una ruta de las duras e históricas, 55 kilómetros y 1.200 de ascensión, moscas y calor, signos en el aire de que por fín llegó el verano…




