Por fin llegó el sábado, dia programado para la ruta estrella. Tras una noche más o menos tranquila (unos más otros menos, omitiremos detalles), nos levantamos con el alba y bajamos temprano. Se había negociado con el hotel que nos dieran desayuno a las 7,30, una hora antes de lo que marcan las normas, pero hay que decir que si llegamos a saber la que nos esperaba hubiéramos exigido desayunar aún más temprano. Nico extendió entre los cruasanes ¡ocho mapas distintos! e hizo sus propuestas, pero el día iba a alumbrar el nacimiento de un nuevo líder, Jose, que como había pasado algunas temporadas en Cazorla se conocía todos los caminos, de la plaza nueva a la vieja y viceversa, y los bares de por medio. Mientras los demás llenábamos la boca de bollería ellos negociaron una ruta lo bastante mortal, y al fin pudimos quitar las migajas de los muchos mapas y salir. Jose queda nombrado Sherpa III con especialidad en Cazorla y Baleares, pero ojo Sherpas I y II, que estaba muy crecido. Luego supimos que la resistencia de Nico a hacer esa ruta, la más conocida y espectacular, se debía a que se había jurado a sí mismo no volver a repetir la bajada del camino del río Borosa, tan mal lo pasó la vez que lo hizo. Fué toda la primera parte de la ruta como pensativo, porque los juramentos hay que cumplirlos (sobre todo los autojuramentos), tal vez pensaba que el cielo se abriría para castigarle por romper su palabra. Tranquilo Nico, el de arriba sabía que lo hiciste porque los demás nos pusimos muy pesados.
Terminado el desayuno cada uno puso en la mochila lo que quiso, sabiendo que no íbamos a volver a la hora de la comida: en mi caso, enorme bocata de tortilla y filetes empanados con ajito y perejil, un clásico del picnic de las abuelas. El punto de salida estaba a unos 25 kms, en el "Centro de Defensa Forestal de Vadillo-Castril". El nombre es curioso, te da la impresión de que enseñan a los guardas judo y kárate para atacar a los excursionistas que encienden fuego. Enseguida vimos que el Maldonado de la tele nos iba a engañar, que anunció sol y buen tiempo y la mañana estaba bien cerrada en niebla y lluvia. Casi palpando la carretera la caravana deportiva llegó hasta el lugar marcado, y preparamos las bicis y el material. Los guardas no parecían violentos, al contrario, salían de desayunar con un palillo entre los dientes y las manos en los bolsillos y nos saludaban muy sonrientes al vernos sacar las bicis y los chubasqueros. Yo de mayor quiero ser guarda forestal.
Nada más salir se cruza el río Guadalquivir, que aún es casi regato, y se empieza a subir por los pinares para calentar las piernas. Eduardo, que es novato y joven, andaba ya saltando del pelotón para dar desahogo a su motor de gasolina, pero los viejos diésel íbamos a tren, quedaban muchíiisimos kilómetros, muchíiisimas cuestas. Diego, que es joven pero ya lleva años en esto, está en fase de transición y conserva lo mejor de las motorizaciones: aguanta largos ritmos, pero puede saltar cuando quiera, digamos que es motor híbrido. Al rato coronamos el primer repecho y paramos a ver el paisaje, que también se quería hacer turismo. A lo largo de la ruta hubo muchos cambios de ambiente, pero aquí empezaban las cárcavas calizas (que diría Rodríguez de la Fuente) cayendo a plomo muchos metros, con arbolitos colgados aquí y allá: recuerdan esas pinturas chinas que parecen de mentira. Algunos ejemplares de pino muy grandes tienen nombre propio, pasamos bajo "El Abuelo" pero no logramos encontrar el que la guía marcaba como "De la Mala Mujer", a saber porqué se llama así ni qué habría hecho la pobre señora, eran otros tiempos.
Llegando a la cota 1.450 nos sorprendió una buena nevada recién caída, esto sí que no lo había avisado Maldonado, pero como íbamos calientes y solo duró un rato no hubo que ponerse ropa, y se disfrutó de la sensación de pisar nieve. En esta zona de concentración de visitantes hay muchos carteles anunciando los muchos males que te pueden pasar en el parque: caída de ramas de árboles, maquinaria trabajando, caídas por los barrancos y muchos etcéteras más, vamos, si lo sabemos nos quedamos en Madrid. Seguramente la Junta de Andalucía agorera se prepara para posibles reclamaciones por daños, pero nosotros somos unos inconscientes y no nos desanimamos. Bajada entre los desfiladeros calizos y la constante de todo el día: agua por arriba, agua por abajo, haciendo mucho ruido, cayendo en cascadas sobre el camino, corriendo en ríos a nuestro lado, formando charcos y corrientes para vadear, brotando con fuerza de dentro de la tierra, agua limpia y fría ebrigüer. Nos dijeron luego que habíamos tenido mucha suerte en eso, porque en diez dias de no llover el parque toma su aspecto habitual, más seco y tranquilo. A eso achacamos también el hecho de no ver muchos animales: no tienen que moverse para pastar ni para beber, les basta abrir la boca donde les pille la gana.
Llegó un rato de subidas y bajadas, parando cada poco en miradores y alternando zonas cerradas con valles y navas más abiertos. En cada mirador, fotito, qué bueno es saber que hoy no hay prisa por llegar a casa, ni Ignacio se quejaba y hasta posaba un poco. Cada poco rato también, parada para mirar muchos mapas, que esta era desconocida para todos y dicen que los lobos han vuelto a Cazorla, no apetecía perderse. Mientras tomábamos el primer tentempié de barritas en lo alto de un monte perdido nos llevamos la sorpresa de ver pasar un enorme autobús turístico lleno de jubiletas saludadores. No era una furgoneta todoterreno, no, era uno de esos monstruos con aire acondicionado, vídeo y baño de hacer pis. ¿Por dónde había llegado allí? ¿Cómo había pasado por los desfiladeros? ¿Dónde estaban los guardias defensores forestales que no se llevaban detenidos al conductor, la guía y todos los jubilados? Nos pilló tan de sorpresa que hasta respondimos al saludo.
Al poco llegamos a un cruce clave del camino, y tuvimos que tomar decisiones. Nico tenía mucho antojo de ver los "Llanos de Hernán Perea", pero eso implicaba un desvío de 7 kms de ida y otros tantos de vuelta, y aún nos quedaban como 50 de camino normal. La cuestión se sometió a referéndum, y así quedaron los bandos: Mariquitas cobardes, Jose, Ignacio, Enrique y Rafa. Machotes valientes, Fonso, Diego y yo mismo, perdimos los valientes. Mención especial entre los valientes Fonso, que como Juana de Arco nos cogía por los brazos y levantaba el puño gritando "¡a por los Llanos de Hernán Perea!". Mención especial entre los gallinas Rafa, que en cuanto vió que la cosa tomaba buen cariz se piró cuesta abajo para que nadie se arrepintiera. Nico se abstuvo porque ya conocía el sitio, y Eduardo nos hizo una jugada, primero pidió votar el último y cuando le tocaba vió que tenía que decidir las mayorías, y dijo "no sentirse moralmente capacitado, siendo el más nuevo del grupo". ¿Dónde va esta juventud conciliadora y falta de liderazgo? Zapatero está haciendo estragos. Perdida la ocasión de conocer el lugar y de echarnos a los lomos 15 kms más reiniciamos el camino. Cuando Jose se dió cuenta de que el resultado de la votación pasaría al blog se pasó el resto de la ruta intentando provocar nuevas votaciones para pasarse al bando de los valientes, pero se le veía el plumero, pese a sus patéticas maniobras la suerte estaba echada.
Al poco rato de seguir bajando llegamos a un vado del río, por el que había que cruzar. El agua bajaba fuerte y no había puente ni piedras para pasar, así que optamos por descalzarnos y cruzar bici al hombro. Nico decidió intentar el paso montado, y en sus paseos previos arriba y abajo reunió a un buen número de turistas ansioso por verle irse al agua y marchar con la bici puesta corriente abajo. Afortunadamente salió bien, y se llevó una cerrada ovación del repetable, que pidió las dos orejas. La gesta quedó inmortalizada en el vídeo, pero ocupa muchos megas para colgarlo. Serguimos camino, ya rondando los 35 (lo que una ruta dominguera normal) y al rato se llega al embalse de Valdeazores, con un paisaje más abierto y duro, donde dominan los grandes arbustos de boj. Fotos y más fotos, y nuevo descenso al pantano de Los Organos, cuyo nombre da grima y es un misterio: no hay estómagos flotando, ni tampoco tubos calizos en la montaña, vete a saber porqué se lo pusieron. Sabíamos que aquí venía uno de los pasos complicados de la ruta, el paso de las cuevas, y empezamos a rodear el pantano para buscar el camino. Rafa, que venía con carrerilla desde su huída del referéndum, hizo una de las suyas y desapareció monte abajo por el camino equivocado, sin móvil y sordo a los gritos. Decidimos darle una lección definitiva, y esperamos con piedras y palos a que se diera cuenta de que iba solo y volviera. Ante los ojos atónitos de Eduardo le lapidamos, pero era violencia ritual, salvo alguno que parecía tener ganas de aprovechar la ocasión.
Ya encontado el camino correcto remontamos hasta la primera cueva. Se trata de un canal de agua que luego abastecerá una pequeña central hidoreléctrica aguas abajo, y que nace en la cabecera del pantano y atraviesa las grandes peñas por unos túneles horadados en la montaña. No hay otro modo de seguir camino, así que hay que atravesar esos pasos junto a los canales, en un caminito estrecho, bajo de techo y oscuro. No caben a la vez hombre y bici, así que se lleva por delante sujeta por el manillar. Nico ya había avisado de la dificultad, así que algunos llevábamos una linterna frontal que nos permitió ir pasando sin meter pie en los profundos charcos. El resto, de aquella manera fueron pasando, que no era cosa de broma: el primer túnel puede medir unos 50 mts de largo, pero el segundo pasará de los 200. En fin, la cosa resultó aventura divertida y nos permitió practicar el espeleo-bike, uno más de los deportes que llevan el "bike" detrás.
Saliendo de la cueva se inicia la larguísima y accidentada bajada del Borosa, esa que el Sherpa había jurado no repetir nunca. El camino es superempinado (superpindio para los asturianos), con suelo inestable de grava, había que ir bici en mano. Yo monté e intenté la machada, pero la bici clavó de delante y me tiró volando por encima de los cuernos, afortunadamente caí hacia el camino. Ignacio me tenía en ese momento enfocado en el visor de la cámara, pero no tuvo reflejos para disparar: como no es un killer sino un buen tío no pensó "qué buena foto", sino "qué h… se va a pegar", así que perdimos la foto del dia y quizá del año, pero yo salvé los huesos. El embalse de Valdeazores desagua aquí en una imponente catarata que es una de las imágenes típicas de Cazorla, merece un rato de tumbada en la hierba y muchas fotos, que en ese momento ya iban más de doscientas. Se iba haciendo hora de comer, pero decidimos seguir bajando el cauce del río Borosa para buscar un prado menos turístico y más tranquilo. Muchas revueltas de firme rocoso y fatal, íbamos a veces montados a veces andando, mirando las muchas cuevas que se forman y dejando atrás la central eléctrica que se alimenta con el agua de los canales que atraviesan la gran peña. Yo andaba retrasado con Nico, cuando de pronto empiezo a notar cosas raras en el comportamiento de la bici, iba como coleando. Comprobamos que no hay pinchazo y seguimos, pero entonces ya empiezo a notarme como sobre un somier viejo saltando arriba y abajo, y se descubre la causa: se ha partido el pasador del amortiguador y se han perdido las arandelas y la cazoleta, una avería grave para la que nadie tiene recambios. Arrastramos malamente la bici hasta el prado donde la gente estaba esperando ya inquieta (lo que no les impedía comerse el bocadillo), y los manitas del grupo hacen corro, pero la conclusión es la misma: no hay reparación posible aquí. Parece que en todas las crónicas se llega al mismo momento de pánico pero es que aquí estaba especialmente justificado: estamos en medio del parque, a unos 40 kms de la entrada y otros tantos de la salida, y la bici no puede seguir. Mientras me como el enorme bocadillo y alcanzo a los demás (que ya estaban con el postre), encontramos en el camino un clavo viejo y herrumbroso, desmontamos el juego de la suspensión y lo montamos con él, encomendándonos a San MacGiver para que el apaño dure al menos un par de kilómetros. El plan es el siguiente: si el clavo aguanta, bajo hasta la piscifactoría y espero a que todos terminen la ruta y me vengan a buscar con un todoterreno. Si no aguanta, pues lo mismo pero arrastrando la bici, tiempo iba a tener.
Terminada la comida despertamos a Rafa, que estaba muy inquieto con mi suerte, y salimos en grupo, todos a mi alrededor y yo con el culo preto, como decían en Aragón. Sorprendentemente el clavo llega al desvío de la piscifactoría, y la cosa tiene tan buena pinta que me decido a seguir con los demás, si revienta ya iré cuesta abajo y volveremos al plan primero. Como luego se verá aquél clavo del camino resultó milagroso (me viene a la cabeza una irreverencia), aguantó todo el dia y la ruta del dia siguiente, así que cuando lleve la bici al taller voy a pedir que me lo guarden para hacerme un llavero, o se lo voy a regalar a mis hijos para que lo lleven a los exámenes.
Me doy cuenta de que esto se está alargando, pero es que el dia fué de muchas aventuras, aún queda media ruta. Afrontamos la segunda gran subida del dia, camino ancho y bueno de firme pero de ascenso constante, va desde el río hasta la cabecera de los valles, la rodea y aún sigue más arriba, una progresión sin tregua con más de 700 metros de un tirón. El paisaje va cambiando nuevamente, soto de río, pinares, madroños y finalmente montaña pelada, pero ya nadie tenía aliento para apreciarlo. Eduardo andaba pagando la inexperiencia, pero demasiado bien se había portado con la falta de rodadura anterior, así que más o menos cada uno a su bola, esperándose y parando para más fotos se fué superando la pestífera remontada. En el camino tuvimos un encuentro inesperado, un ciervo que iba corriendo por delante sin abandonar el camino, qué sociable, pensábamos, hasta que se metió al bosque y allí se cayó redondo y ya no se levantó. Le rodeamos y vimos que era un ejemplar viejo, mocho y tan sarnoso que apenas podía renquear un poco. Aunque llevábamos dos médicos no se pudo averiguar la causa de sus males, y al cabo de un rato de aparente agonía con los ojos en blanco se resucitó un poco, se puso en pie y se fué monte abajo. Como aquí está prohibido cazar y no hay rehalas, los ciervos aguantan y se mueren de viejos. Si es verdad que el lobo vuelve a aparecer ejemplares como este pobre no durarán mucho.
No lo he dicho aún, pero seguíamos una ruta del libro de Juanjo Pedales, uno de los pioneros del BTT en España, que ha recorrido nuestro país y el mundo entero sobre dos ruedas, y escrito muchos libros. Pesa sobre él la sospecha de que algunas rutas las diseñó sobre el mapa sin hacerlas, yo creo más bien que en esos tiempos no había GPS ni medidores de ascensión acumulada, con lo que tiraba distancias y alturas un poco al tuntún, pero siempre con optimismo. Lo digo porque a estas alturas de la película ya habíamos superado en mucho los 60 kilómetros y 1.200 metros de ascensión que prometía el libro, y nos íbamos cagando un poco en el bueno de Juanjo, que ya nos ha hecho varias. Unos esfuerzos más y llegamos a otro refugio de la Junta, donde descansamos y acabamos con las almendras y lo que nos quedaba. Recargamos agua en un manantial, nos estiramos mucho, y ya con el trasero muy perjudicado y con los últimos arrestos afrontamos los tres o cuatro kilómetros de subida final, hasta superar la cresta del valle y salir a lo alto del puerto. Esperamos a Eduardo y le hicimos muchas fiestas, a Jose que le venía acompañando como ya es experto le hicimos algunas menos.
Por fin se inició una larguísima bajada, pasando el río Guadalimar que también venía desbordado. Fueron varios kilómetros más, pero nadie hizo una foto, había que llegar y nada más. Ya atardeciendo alcanzamos de nuevo el Centro Forestal, donde había varios zorros hurgando en las basuras. No había guardas esta vez, la jornada habia terminado para ellos hacía rato. En total estuvimos casi 11 horas por los montes, más de seis de ellas estrictamente sentados sobre la bici, hicimos 69 kms y 1.680 metros de ascensión. No se si ha sido la ruta más larga o de más ascenso acumulado, pero desde luego, ha sido La Ruta Interminable….