Iglesia de MatallanaParece que este año nos hemos propuesto vencer nuestros fantasmas y lograr todas las rutas que siempre se nos fueron resistiendo. Tras el memorable ascenso a Cabeza de La Parra, ayer quisimos volver a pisar las hermosas praderas de Matallana, otro de esos pueblos de la Sierra Negra en su dia abandonados y hoy en vías de recuperación. Es la tercera vez que llegamos, varios intentos anteriores quedaron en fracaso por la lejanía del lugar, y sobre todo por los barrizales que dificultan el acceso. Fué una jornada dura y larga con muchos incidentes, el resultado mereció la pena. La salida a las 8,30 desde las faldas del Puerto de La Puebla y no desde Prádena como solemos, previendo la larga duración de la ruta. La idea fué buena (si no llegamos a acortar un poco aún podríamos estar allí), y nos ahorramos varios kilómetros de asfalto, que nuestras bicis le tienen alergia. Iniciamos la subida del puerto por la carretera y coronamos enseguida pensando "esto está chupao", bien sube quien fresco va…. Allí tuvimos un encuentro divertido: una apóstol del ecologismo vestida de túnica blanca nos entregó folletos de protesta por la próxima construcción de 42 chalets adosados en Puebla de la Sierra. Le dimos nuestro apoyo incondicional y charlamos un poco sobre la zona y sus bellezas. Ignacio aprovechó para contrastar creencias y ahí vimos que patinaba un poco, cuando empezó a citar a Dios demasiado nos despedimos e iniciamos la bajada. Esta ruta tiene una distribución bastante cabrona, empiezas bajando y toda la dureza viene al final, cuando ya no puedes más. Lo sabíamos pero lo olvidábamos, así que durante toda la primera parte disfrumos del sol y los paisajes bajando como si subiéramos. La Sierra Negra del este de Madrid (o del oeste de Guadalajara) es zona amplia, montañosa y despoblada, con unos pocos pueblos que se van divisando sucesivamente desde la cuerda de la sierra, que se recorre de puerto a puerto: La Puebla, Collado de las Palomas, Collado de La Vihuela, baja y sube constantemente, bosques de pino de repoblación, grandes ejemplares de roble, mucha jara y brezo, y sobre todo, mucho paisaje para mirar. Una vez bajado el último puerto, el de la Vihuela, llegamos a la bifurcación que lleva o al pueblo de El Vado, o a Matallana. Tiramos para esta última con la sorpresa agradable de ver que el camino había sido arreglado recientemente (Esperanza Aguirre se está trabajando bien nuestro voto), pero a los dos o tres kilómetros sucedía lo previsible: la naturaleza es muy terca, y si el camino fué siempre un barrizal no iba a dejar de serlo tan fácilmente. La zona es sombría y llena de arroyos, y el camino se hunde con el paso de los coches, así que enseguida empiezan los tramos intransitables y llenos de rodadas. Los coches y furgonetas tienen que quedarse allí, y el pueblo está aislado salvo para peatones y ganado. Nosotros no somos ni lo uno ni lo otro, pero con un poco de equilibrio y asumido que vas a llegar con un par de kilos de barro en la máquina y en la ropa, logramos pasar. Como veréis en las fotos, Matallana es un lugar memorable, llano y abierto, con prados verdes y floridos y encinas monumentales, de las más grandes que se pueden encontrar. La gente esá reconstruyendo las antiguas casas y cuadras con los materiales de la zona, piedra, pizarra y madera, y el pueblo queda integrado en el paisaje y casi ni se ve. Allí hicimos la comida, miramos por setas, vagueamos algo y tratamos de seguir un poco más, pero pasada la iglesia nos entró a todos de repente el pánico de la hora (y a algunos el pánico del perro suelto) y se acabaron las alegrías: estábamos a casi 30 kms de los coches, y quedaba casi toda la subida de la etapa. Se montó un cierto zafarrancho y los que se sentían fuertes exploraron un poco más mientras que el resto se aplicaba al pedal para no quedarse demasiado en las penosas subidas que iban a llegar. Nico y Jose, que iban detrás, desaparecieron de repente y ya no contactaron en toda la etapa. Las malas lenguas decían que se habían ido a abrir un viejo camino hasta el Vado, pero luego resultó que habían pinchado varias veces. Con los móviles sin cobertura solo puedes esperar que tengan recursos y fuerza para completar la etapa, yo juro que los esperé en la bifurcación durante casi 15 minutos, y solo salí cuando creí que habían decidido tomar otra vuelta. El regreso, como se temía, fué bastante penoso: casi 1000 mts de ascensión continua ya con pocas fuerzas en la mochila, el minipelotón se fué convirtiendo en un rosario de gente, cada uno a su bola con el molinillo, algunos completando los últimos metros de cada puerto a pie. En el penúltimo puerto, el collado de Las Palomas, ya los móviles entraron en cobertura y pudimos saber que, pese a la aparente debacle, más o menos todo el mundo iba sobreviviendo y acompañado, así que el único daño iba a ser la llegada a casa históricamente tarde. El último repechón del puerto del Salinero, y a dejarse caer hasta los coches. Como resumen del dia, una larga y accidentada etapa de 53 kms y 1.050 mts de ascensión. Estamos acostumbrados a rutas de cualquier subida acumulada, pero de distancias alrededor de los 40 kms., por lo que esta nos dejó especialmente baldados. Quedan en el ojo y en los píxeles de la cámara las bonitas vistas de Matallana, un sitio al que no se puede ir a menudo, a menos que se esté dispuesto a afrontar con frecuencia las consecuencias de llegar a casa con el control cerrado…