Domingo 25 de febrero. No todos pudieron llegar.
Sin exagerar nada, nos cayó la mundial. Hacía tiempo que no veíamos llover así, o al menos, que no nos pillaba sobre una bici. Esa sensación de estar ensopado por dentro y por fuera, cruzar un río con el agua a la rodilla y pensar: más me está cayendo en la espalda, pedalear contra un muro de agua, el ruido del diluvio cayendo a tu alrededor… es una auténtica maravilla, vas diciendo: gracias, Señor, tírame mucha más… Quedamos a las 8,30 en Somosierra pueblo, lo que significa madrugón de los buenos. Ya en la carretera nos iban cayendo mantas de agua sucesivas, pero piensas: "seguro que al llegar escampa", pero sí sí… Paró lo justo para engañarnos y dejarnos montar las bicis y poner el chubasquero, luego ya en el primer km. empezó a arreciar y nada, a mojarse. El camino sale del pueblo y entra en la que llaman Dehesa Bonita, un lugar impresionante de bosque cerrado de viejos robles, aliso, abedul y acebos, atravesado por un rio caudaloso y transparente (al menos ayer), con caminos de vacas y muros de piedra, en fin, lo que alguna vez debió ser toda la sierra norte y hoy queda solo en algunas manchas. El cruce del río hubo que hacerlo con la bici al hombro y el agua hasta la rodilla, pero algunos ya se van acostumbrando. Nico hizo la machada y cruzó montado, pero mojó los pies igual. La salida es por caminos de vaca imposibles para la bici, sobre todo cuando como ayer están bien empapados. Enseguida se empieza a faldear por la sierra siempre a la vista de la A1, y a veces por claro y otras por bosque cerrado de pinos llegamos al lugar marcado para la comida. Terminada esta y al momento de subir de nuevo, los dos miembros más veteranos del grupo se rajan sin remisión (lo siento amigos, me han pedido que sea cruel y voy a serlo). Las excusas, patéticas, del tipo "es que estoy mojado y llega la pulmonía", "ya estoy para sopitas y buen vino", etc. Olía a compromiso familiar, pero eso es algo digno y hay que reconocerlo, todo menos hacerse el vejeras… En fin, nunca pensamos llegar a ver algo así. Ya libres de aquellos dos marmolillos seguimos camino arriba con el objetivo de alcanzar el Collado del Mosquito, pero alrededor de la cota 1.700 empezó a verse nieve en el camino, y el tema se puso peor. Guardar el equilibrio en una rodada profunda de nieve es algo que solo está al alcance de unos pocos, como Rafaman y Nacio Quitanieves cuando eran jóvenes, así que los demás nos fuimos al suelo muchas veces. Caer en nieve es divertido cuando ya nada puede mojarte ni helarte más, así que fuimos aguantando. Cuando faltaba 1 km para la cumbre nos dimos la vuelta y decidimos buscar otras subidas en territorio más bajo. Tomamos un ramal que nuevamente faldea para arriba, pero habían pasado las máquinas de aterrazar y estaba imposible. Tras bastante esfuerzo llegamos al camino de hormigón, y bajando por prados verdes como brañas asturianas (habrá que verlas en agosto), llegamos al pueblo y a los coches. Total, 28 kms y unos 600 de subida, a multiplicar por el suelo pegajoso y difícil. El GPS Garmin volvió a mostrar sus carencias, cada vez que pasa por un bosque espeso se muere y deja de marcar: para él es como si no pedaleas. En fin, un buen día para hombres duros, aunque no todos pudieran llegar…

