El sábado pasado hicimos por fin la tan pospuesta paliza segoviana, es decir, salir de Las Rozas y llegar a Segovia, con vuelta en tren. Aprovechamos para ello el único dia que daban en los partes como relativamente soleado, un pequeño hueco en esta gloriosa primavera cerrada en agua, quién lo iba a decir leyendo las angustiosas y resecas crónicas del otoño pasado. A la llamada general no se apuntó ningún Machaca, todos con compromisos familiares o con viajes de fin de semana, así que el grueso del grupo lo compusieron los Joses, y durante la ruta se nos incorporaron dos más que teníamos citados en Villalba.
Ruta de caminos pedregosos y trialeros como les gustan a los Joses, los Machacas somos más de rutas con pista lisa y mucha pendiente, que son las que te ponen la pata dura y el corazón ancho. Buen nivel físico general, y no podía ser menos para superar los 75 kms y 1.310 mts de ascensión y llegar a tiempo para coger el tren de las 15 hs en Segovia, que siempre es una presión añadida. Buen tiempo, temperatura alrededor de los 17º y sólo entrando en Segovia unas gotas de agua. Mucho verde por todos sitios y caminos llenos de charcos, arroyos y barrizales que animaron mucho la ruta.
Salimos Jose mi vecino y yo a las 7,35 de la urbanización montados en bici, ese es un lujo que se da pocas veces. Habíamos quedado con el resto en la entrada a la zona de Rio Chico, allí se llega atravesando la nueva zona de El Cantizal. No pasaba por allí desde hace años, cuando iba con los críos en bici y no había más que campo abierto y caminejos. Ahora hay miles de pisos, calles y jardines, tiendas y bares, uno parece su abuelo cuando dice estas cosas, pero es que el cambio ha sido en seis o siete años, lo del boom inmobiliario es de no creérselo. Llegamos todos a la vez al punto marcado, nos saludamos y tiramos por encima del puente histórico sobre el río Guadarrama, por la antigua carretera hacia Galapagar. El bar restaurante Rio Chico, especializado en chuletillas, perdió su clientela cuando desviaron la carretera y lo dejaron en un ramal muerto, pero el dueño ha sabido reconvertirse y ha construido una planta alta con habitaciones tipo motel, parece que sigue en el negocio del filete, pero en otra variante. El entorno es tranquilo y lleno de naturaleza, pero nosotros lo hemos visto solo desde la bici, ¡eh!. El grupo inicial lo compusimos Jose y yo, Pepe y Jose (Cuco) y otro amigo llamado Rafa, muy inquieto y que siempre salía el primero (¿será que lo da el nombre?).
Enseguida se entra en la zona de monte y encinares que va paralela a la carretera de Galapagar, aquello está salvaje y solitario, pese a estar tan cerca. El dueño estuvo unos años luchando contra la servidumbre de paso, tenía la entrada sembrada de trozos de vidrio, alambre de espinos y cámaras de bici pinchadas, pero al final ha renunciado, el camino está arreglado y la valla se puede levantar. Este tramo que nosotros llamamos Rio Chico (otros lo llaman el Mortirolo) llega hasta las afueras de Galapagar, son unos 5 kms de camino pedregoso y rampas muy duras (la del Pinarillo es una prueba para la técnica y el fuelle), pero el paisaje compensa. Hay huellas de jabalíes por todos lados.

En ese momento Pepe llamó a los componentes del segundo pelotón que nos estaban ya esperando en Villalba para que se tomaran un café y le echaran paciencia, habíamos sido muy optimistas con nuestra forma física. Se bordean las últimas urbanizaciones de Galapagar y se entra en un camino que acaba desembocando en la Cañada Real Segoviana, ancha y rodeada de árboles y muros de piedra. Nos estuvo sobrevolando un pájado que gritaba mucho y que me pareció un cuclillo, pero con la cola y alas más afiladas. Veo en Internet que es el Críalo, primo hermano del otro, nunca lo había visto antes en el campo. De esa costumbre de volar gritando le viene el nombre (Clamator Glandarius), y por lo que leo no hay pájado más ecológico: parasita a las urracas reduciendo su número, y come casi exclusivamente orugas de procesionaria. He puesto un link a una página donde se oye su grito. Finalmente salimos de la Cañada Real, que tiene un portón, y tomamos ya la anchísima vía que va directa a los valles de los puertos, se veían a lo lejos verdes y soleados, es fácil imaginar lo que sentían las ovejas al llegar a esta parte y ver el objetivo. Por todos lados horribles vallas hechas con todo tipo de desperdicios: palets, somieres, chapas de bidones y una de un tío que debió tener un almacén de muebles que quebró, hecha con docenas de cabeceros de camas, de todos los estilos y materiales. Pero la hierba todo lo iguala y ni eso conseguía estropear el paisaje.
Al poco entramos en más zonas de chalets nuevos ya en los barrios de Villalba y de Los Negrales, parece mentira, la de casitas que han hecho por todos lados, y se han comido encinares, cañadas y de todo. Allí nos esperaban otro Rafa y Nacho, el primero para intentar hacer la ruta (y lo logró), el segundo solo para guiarnos un rato y darnos palique. Paramos en la gasolinera de Repsol e hicimos la primera comida, y un rato más allá dejamos a Nacho y seguimos hacia la sierra, que se veía llena de con nubes amenazadoras. El camino se transforma en torrentera de piedrones en una zona que se llama "Entretérminos", se ve que como no es claramente de nadie, nadie arregla el camino. Arroyos, charcos, vadeos, los pies ya mojados y el trasero que empieza a resentirse con tanto bote, y aún vamos por la mitad de la ruta. Al poco cambia el paisaje y se entra en encinares tan cerrados que hay que ir pegados a la bici y bien agachados, a riesgo de dejar un ojo. Finalmente desembocamos en la carretera de Cercedilla y apretamos duro en la larga subida al pueblo, a mí ese terreno liso y exigente me gusta, pero ya todos queríamos andar un rato por sitio despejado y sin baches.
Nuevo avituallamiento en el vending de la gasolinera (¿porqué no tienen un baño?), y a comenzar la gran dificultad montañosa del dia, el paso de la sierra por la Fuenfría. Dejamos la carretera de La República y preferimos subir por la senda lateral que lleva al hospital, que ya se sabe, es muy verde y cerrada de árboles pero tiene un piso fatal. Se desemboca en la valla y ahí ya sí, la subida hasta los miradores. Yo iba muy confiado porque hemos hecho esta subida como veinte veces y es exigente pero divertida, de pendiente constante pero apta para el pique y la humillación del compañero. Sin embargo no es lo mismo empezar en Cercedilla que en Las Rozas, ni hacerla para desayunar que cuando ya llevas 50 kms. en las piernas. Se me hizo eterna y muy dura, me dió tiempo a ver paisajes que nunca antes había apreciado y me adelantó un tío con pinta de manta al que normalmente hubiera pasado como un cohete. Abajo han cambiado las direcciones prohibidas del entorno del hospital, así que unos se perdieron, otros no se encontraron, y para cuando nos reagrupamos arriba eran ya las 12,50, empezábamos a rondan los horarios límite para el tren de vuelta. Casi sin parar seguimos tirando hasta Fuenfría, pasamos a ver el convento de Casarás y empezamos a bajar a toda velocidad a la vertiente segoviana por la carretera, despreciando la bonita pista que siempre cogemos. Un kilómetro más abajo del cruce el valle se abre, y aún sin ver Valsaín se tira ya a la izquierda y allá lejos está, Segovia, con mucho campo aún de por medio pero ya parece a tiro de piedra. Yo temía este tramo porque recordaba la vez que nos fuimos por la carretera, nos engañó el pastor y acabamos en Segovia después de mucho llanear, pero por aquí se va muy bien, nada que ver.
A partir de ahí todo bajada por caminitos estrechos a toda velocidad, el paisaje es muy abierto y va por praderas donde me parecía ver varias clases de setas comestibles, un día habría que hacer una visita. Se cruza la carretera, se pasa el nuevo puente sobre el AVE y ya por las antiguas eras se entra en Segovia precisamente por la zona de la estación. Menos mal que así es, porque eran las 14,35 y el tren para Madrid salía a las 14,55 y el siguiente tarda dos horas. A pesar de ello nos sentamos en las terrazas a tomar un gran cervezón helado con torreznos bien grasientos y salados, o sea, deliciosos, y por un momento estuvimos a punto de mandar el horario a la porra y quedarnos a comer un cordero, pero no lo hicimos, somos unos bragazas. Subimos al tren cuando ya pitaba, y de vuelta a casa, cada uno se fué bajando en su pueblo.
En resumen una ruta de muchos kilómetros, mucha subida y mucha exigencia física y técnica, pero con precioso paisaje para compensar, en esta primavera pasada por agua Segovia parece Asturias…