Ya era hora, un dia clásico entre los clásicos, el grupo original en una ruta de las de toda la vida, de las buenas buenas. Unos ciclistas vienen, otros se van, el grupo se agranda y se achica como una ameba, pero de cuando en cuando volvemos a coincidir los cinco del principio, Nico, Rafa, Ignacio, Diego y yo. Solo faltaría que un dia se vinieran Fonso y Jose y nos podríamos hacer una de esas fotos de "diez años después" (que por otro lado, suelen ser bastante deprimentes).
La ruta elegida, como digo un clásico, era la subida al puerto del Pasapán, ya en la provincia de Segovia, junto al pueblo de Ortigosa del Monte. Hace tiempo que no vamos por allí porque está lejos, pero la zona sigue siendo bien bonita. No sabemos porqué ese puerto tiene un nombre tan curioso, quizá venga del nombre vulgar que le daban al gañote o garganta en tiempos del Lazarillo o del Quijote: era el pasapán.
Ahora que han hecho la nueva autovía Madrid-Segovia hay que salirse a la carretera vieja en la indicación de Ortigosa, y pasar junto a la planta embotelladora de Bezoya. Nosotros solemos aparcar junto a un restaurante-hostal que hay allí, pero vemos que ahora han cerrado con valla su parking, así que tenemos que dejar los coches junto a los árboles de la carretera.
Ya estamos llegando de nuevo a los sitios antes del amanecer, se acerca el invierno, pero mientras no haga demasiado frío es soportable. Este recorrido circular empieza en la carretera y sube a lo alto de la sierra que se ve allá a lo lejos, muy alto. Hoy lo haremos en el sentido de las agujas del reloj (al revés es durísimo), así que toca un primer rato de carretera como de dos kilómetros. Vemos, como casi siempre aquí, que hay varios globos aerostáticos empezando a subir en el horizonte, los globeros son el único colectivo que madruga más que nosotros, bueno, y quizá algunos jubilados seteros.
La subida es larga pero tendida, no hay rampas violentas, así que vamos por los pinares en esfuerzo constante pero no agotador, podemos ir charlando de todo, del fiasco de Madrid 16, del Real Madrid, y hasta de política. Los caminos, algo menos secos que en la vertiente madrileña, pero no lo bastante húmedos como para haber setas. Saltamos dos o tres vallas, y llegamos a la salida del pinar, allí arriba se ven ya los canchales de piedra suelta por donde va el camino, más arriba del límite del bosque, en esas alturas el terreno está pelado, y solo crecen arbustos bajos. Llegamos a una primera bifurcación y Rafa e Ignacio siguen por el camino conocido, nosotros tres exploramos un ramal a la izquierda muy ancho y bien construido, pero ya con retamas, lo que indica que no se usa. Es un camino de tala, lo seguimos d
urante unos kilómetros y muere en lo alto de la ladera, en un derrumbadero de piedras. Vuelta para atrás y a seguir la huella de los otros dos, van a marcheta más lenta, pero ya no los alcanzaremos hasta arriba. Las últimas moscas de este verano tardío suben haciéndonos compañía, pero por suerte se ceban con Nico y nos dejan a los demás en paz, él sabrá porqué.
En el collado hay dos pastores echando paja a las vacas y aprovechando para hacer inventario, ¡falta la Pinta! que no, que está allá abajo con el toro, es verdad. Nos llamó la atención el amable cartel de la valla que cerraba el camino, decía escrito con pulcra letra: "Por favor, cierren la puerta. Gracias". ¡Qué buen rollo!, que distinto del "Proibido pasar" habitual, claro, arriba está la explicación, la dueña de la ganadería es una chica joven que nos da los buenos dias amablemente, aquí hay un claro toque femenino. Además aquí arriba se respira la brisa de los montes, el paisaje es bonito y el dia está soleado y fresco, así que el último tramo de subida se nos hace corto. Llegada por fin al final del camino, el Pasapán, el refugio está cada año más cerca de la ruina total. Miramos los altímetros y el GPS, y volvemos a comprobar que marcan 1.997 metros, otros años nos subíamos a la valla o al tejado para hacerlos marcar los 2.000, pero ya somos mayores para niñerías. Estuvimos haciendo inventario de nuestras cinco o seis rutas habituales que suben por encima de los 2.000 mts, empezando por la reina, la subida al Nevero, con 2.200
mts. Eso sí que es un paisaje pelado…
Rápida, y esta vez escasa, comida, disfrutando de la vista de las montañas azules, y vuelta a bajar por el lado izquierdo de la ruta, el verde de la alturas se convierte de nuevo en amarillo de los campos resecos, y baja baja, pasamos varios carteles muy prohibitivos, esos con mal rollo, que nos motivan especialmente para dar el salto y meternos por el camino. Sigue el rápido y emocionante baja por caminos trialeros llenos de piedras, y finalmente llegamos de nuevo a la planta Bezoya, que tiene las puertas abiertas y está llena de coches y camiones, pese a ser domingo. ¿No hacen fiesta estos? ¿De qué llenan ahora las botellas si los ríos del monte bajaban secos? Muchas preguntas son esas…
Por fin cruzamos la carretera y llegamos junto al bar, hay un enorme autobús junto a nuestros coches, el conductor se nos queja amargamente de que le hemos impedido dar el giro para entrar en el aparcamiento, y de que lleva horas esperándonos, bueno, ya serán menos horas. Resumiendo, 45 kms y unos 850 mts todos para arriba y continuos, esta vez no hay subibajas ni repechos. Esta vez sí hay fotos, están donde siempre.
El domingo que viene no hay bici, al menos para mí, quién más quién menos tiene su plan para el puente del Pilar. Y en ausencia de bici, ya se sabe, cualquier tema puede caer en el blog…